Una montaña que nadie ve
Hace unas semanas escribía aquí sobre Ceuta, la Marcha Verde y la estrategia de Marruecos para presionar a España. Después volví sobre el asunto para hablar de las llaves del Estrecho de Gibraltar y del riesgo de que nuestro país termine convirtiéndose en un actor secundario en un espacio geográfico que lleva siglos considerando propio. Confieso que pensaba abandonar por un rato a nuestro vecino del sur y dedicar este caluroso final de agosto a asuntos algo más refrescantes. Marruecos se ha empeñado en impedirlo.
El 21 de agosto de 2026, su ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, volvió a reivindicar públicamente el supuesto derecho «histórico y geográfico» de Marruecos sobre Ceuta y Melilla y propuso abrir un mecanismo de diálogo para que ambas ciudades terminen regresando, según sus palabras, «al seno de la patria». El Gobierno español respondió rechazando tajantemente semejantes pretensiones y recordando que Ceuta y Melilla forman parte de la soberanía española.
España, por tanto, sí dijo algo. Raruno, para lo que nos tiene acostumbrado este gobierno. Otra cuestión es qué sucede después de decirlo.
Porque Rabat posee una virtud geopolítica que yo echo bastante de menos a este lado del Estrecho: la paciencia. Marruecos piensa en décadas, construye posiciones, aprovecha oportunidades y mantiene abiertas cuestiones que España considera cerradas. Nosotros solemos emitir un comunicado, convocar alguna reunión y confiar en que el tiempo arregle aquello que precisamente el tiempo está ayudando al otro a construir. Y por eso hoy quiero alejarme de Ceuta unos 1.500 kilómetros, atravesar Canarias, internarme en el Atlántico y descender aproximadamente un kilómetro bajo el agua. Allí abajo nos espera una montaña. Se llama Monte Tropic. Y podría valer una fortuna.
El Monte Tropic: cuando Canarias todavía no existía
Tropic no es una pequeña elevación submarina ni una especie de pedrusco especialmente afortunado. Estamos ante un enorme edificio volcánico que se levanta unos 3.000 metros sobre el fondo oceánico, con unas dimensiones del orden de varias decenas de kilómetros y una cumbre prácticamente plana situada alrededor de los 1.000 metros de profundidad.
Geológicamente es lo que denominamos un guyot: una antigua montaña volcánica cuya cima fue erosionada cuando se encontraba cerca de la superficie o incluso emergida y que posteriormente terminó sumergida.
Los estudios geocronológicos sitúan fases principales de la actividad volcánica de Tropic hace aproximadamente 119-114 millones de años, aunque pudo conservar episodios volcánicos mucho más tardíos, hasta hace unos 60 millones de años. Para ponerlo en perspectiva, cuando aquella montaña estaba echando lava en mitad del Atlántico los seres humanos no constituíamos precisamente una preocupación política y los dinosaurios todavía tenían bastante tiempo por delante.
Tropic forma parte de la llamada Provincia de Montes Submarinos de Canarias, una extensa sucesión de relieves volcánicos que acompaña al archipiélago y que el Instituto Geológico y Minero de España lleva estudiando desde hace años. Durante las campañas realizadas para conocer el fondo oceánico situado al oeste de Canarias, los investigadores españoles descubrieron y cartografiaron varios de estos antiguos volcanes, popularmente bautizados como las Abuelas de Canarias. Un nombre entrañable para unas señoras que guardan debajo del vestido minerales por los que las grandes potencias empiezan a afilarse los dientes.
El tesoro no está dentro de la montaña
Aquí conviene detenerse porque la imagen de una montaña maciza formada por telurio resulta muy atractiva para un titular y bastante menos para un geólogo. El tesoro del Monte Tropic se encuentra fundamentalmente en unas costras de ferromanganeso que recubren determinadas superficies de la roca volcánica. Son capas oscuras formadas principalmente por óxidos e hidróxidos de hierro y manganeso que han ido creciendo extraordinariamente despacio mediante la precipitación y concentración de sustancias presentes en el agua marina. Despacio significa aquí despacio de verdad.
Estas costras pueden necesitar millones de años para acumular unos pocos centímetros. Mientras crecen van atrapando en su estructura diferentes elementos presentes en cantidades minúsculas en el océano. El resultado es una especie de concentrador geológico natural que trabaja día y noche durante tiempos que hacen que nuestros planes estratégicos a 2030 parezcan una ocurrencia de sobremesa.
Los estudios del IGME han encontrado en los montes submarinos canarios costras con espesores de hasta 25 centímetros y concentraciones significativas de manganeso, hierro, cobalto, níquel, vanadio, cobre, molibdeno, elementos del grupo del platino y tierras raras. Y aparece nuestro protagonista económico: el telurio.
El telurio es un elemento escaso en la corteza terrestre y tiene aplicaciones en electrónica, metalurgia y, especialmente, en determinadas tecnologías fotovoltaicas como las células solares de telururo de cadmio. En una economía empeñada en electrificarse, digitalizarse y reducir sus emisiones, asegurar el suministro de determinados metales deja de ser solamente una cuestión minera para convertirse en política industrial y, finalmente, en geopolítica.
No conquistamos territorios por el telurio. Todavía. Pero tampoco conquistábamos territorios por el petróleo antes de descubrir lo que podíamos hacer con él.
Mucho cuidado con los «billones de euros»
Llegados aquí aparece inevitablemente el titular irresistible: Tropic contiene minerales valorados en billones. Puede ser útil para llamar la atención del lector, pero yo prefiero introducir una pequeña dosis de geología antes de comprarnos todos un yate con nuestra parte proporcional.
En minería existen diferencias importantes entre indicio, recurso y reserva. Que sepamos que existe un mineral, incluso que podamos estimar cuánto podría existir, no significa automáticamente que dispongamos de una reserva económicamente explotable.
Para llegar hasta ahí necesitamos conocer con suficiente precisión la extensión del depósito, su espesor, las leyes minerales, la continuidad, la recuperación metalúrgica, los costes de extracción, el precio de los metales, los requisitos ambientales y unas cuantas cosas más capaces de transformar rápidamente un tesoro fabuloso en una montaña muy bonita situada en un lugar tremendamente incómodo.
De hecho, un estudio específico sobre el potencial minero de las costras de Tropic señalaba que, aunque el monte reúne bastantes características favorables para una futura explotación, su espesor medio y composición hacen difícil considerar económicamente viable su extracción a corto plazo. Por tanto, no tenemos demostrada una caja fuerte submarina llena de billones esperando la combinación.
Tenemos algo quizá más importante: un recurso potencial de materias primas estratégicas cuyo valor podría aumentar enormemente conforme avance la tecnología y crezca la demanda. Y eso explica por qué interesa decidir hoy quién tendrá derechos sobre él mañana.
En 2017 era el futuro; hoy una máquina ya lo ha hecho
En mayo de 2017, Tierra y Tecnología publicaba un artículo titulado «Llega la era de la minería submarina». Entonces parecía todavía una de esas tecnologías que siempre están a diez años de llegar. Han pasado nueve. Y algunas cosas han cambiado.
En julio de 2020, la organización pública japonesa JOGMEC realizó en el monte submarino Takuyo nº 5, dentro de la zona económica exclusiva japonesa, la primera prueba mundial exitosa de excavación de una costra cobaltífera a gran profundidad. No enviaron a un minero con pico, casco y una manguera especialmente larga. Desarrollaron una máquina submarina sobre orugas, provista de un cabezal de corte, sistemas de recogida y conducción del material. La máquina trabajó directamente sobre el fondo oceánico y consiguió recuperar 649 kilogramos de costra rica en cobalto y níquel.
Ahí cambió una cosa fundamental. Ya no podemos decir que extraer este tipo de mineral del fondo oceánico sea tecnológicamente imposible. Se ha hecho. Lo que todavía no sabemos hacer de manera plenamente demostrada es convertir aquella prueba en una explotación industrial continua, económica y ambientalmente aceptable.
Y no es un detalle menor.
Así podría funcionar una futura mina submarina
La operación resulta fascinante desde el punto de vista tecnológico. Primero hay que cartografiar el fondo con una precisión extraordinaria y localizar las zonas donde la costra posee suficiente continuidad y espesor. Después entran en juego vehículos operados remotamente, sistemas autónomos, sensores, cámaras y máquinas diseñadas para desplazarse por pendientes y terrenos que ningún ser humano verá directamente.
Una máquina de corte separaría la costra mineralizada de la roca sobre la que ha crecido. El material tendría después que recogerse y transportarse hasta un buque situado cientos o miles de metros por encima. Una vez en superficie comenzaría la parte menos espectacular pero igualmente complicada: trituración, separación de la roca estéril, concentración y procesamiento metalúrgico para recuperar los distintos metales.
Japón también ha trabajado precisamente en ese problema, porque cortar demasiado profundamente significa llevarse grandes cantidades de basalto junto con unos centímetros de mineral. Y subir roca inútil desde el fondo del océano resulta una manera extraordinariamente cara de coleccionar piedras.
La automatización, la robótica submarina, el posicionamiento de precisión, los nuevos materiales y la inteligencia artificial están acercando esta posibilidad mucho más rápidamente de lo que parecía cuando hablábamos del asunto en 2017.
La minería submarina comercial de costras de ferromanganeso todavía no es una industria madura. Pero la tecnología básica ha dejado de pertenecer a la ciencia ficción. Y eso cambia el valor geopolítico de Tropic.
El otro tesoro de Tropic está vivo
Sería bastante cómodo presentar todo esto como una batalla entre heroicos mineros y una montaña llena de metales esperando educadamente a que vayamos a recogerlos. La realidad, para variar, resulta algo más complicada.
Tropic alberga también ecosistemas marinos profundos de extraordinario interés. Las campañas científicas han identificado jardines de octocorales, esponjas de aguas profundas, crinoideos y otros hábitats vulnerables asociados al monte submarino. Y aquí aparece uno de los grandes dilemas de la minería submarina.
Las mismas costras que nos interesan económicamente han tardado millones de años en formarse y sirven de sustrato a organismos adaptados a unas condiciones muy particulares. Una máquina capaz de retirar eficazmente esa costra también puede retirar con la misma eficacia el ecosistema instalado sobre ella.
No sabemos todavía hasta qué punto estos ambientes podrían recuperarse ni en cuánto tiempo. Cuando la unidad de crecimiento geológico se mide en milímetros por millón de años conviene ser prudente antes de hablar alegremente de restauración.
Por eso el debate sobre Tropic no debe reducirse a «explotarlo o dejar que se lo lleve Marruecos». Primero habrá que saber si explotarlo resulta técnica, económica y ambientalmente razonable. Pero antes incluso necesitamos resolver otra pregunta. ¿Quién tendría derecho a decidirlo?
España lleva esperando desde 2014
El 17 de diciembre de 2014, España presentó ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de Naciones Unidas la documentación correspondiente a la ampliación de su plataforma continental al oeste de Canarias, más allá de las 200 millas náuticas.
Aquí conviene aclarar otro asunto que se explica regularmente mal. España no pretende ampliar su zona económica exclusiva hasta las 350 millas. Una plataforma continental ampliada no convierte automáticamente las aguas situadas encima en aguas españolas.
Lo que concede el Derecho del Mar, si se cumplen las condiciones geológicas y jurídicas establecidas, son derechos soberanos sobre el lecho y el subsuelo. Es decir, justamente donde está la montaña.
Podríamos encontrarnos con la curiosa situación de navegar por aguas internacionales mientras debajo del barco los recursos minerales del fondo estuvieran sometidos a derechos soberanos españoles.
La solicitud española sigue registrada en Naciones Unidas y, a fecha de 2026, no existe una recomendación definitiva publicada que haya cerrado el expediente. La geología trabaja despacio, pero algunas instituciones internacionales parecen haber decidido competir con ella.
Marruecos también estaba mirando el mapa
Marruecos no descubrió ayer la existencia de Tropic. En marzo de 2015 presentó ante Naciones Unidas una comunicación formal respecto a la solicitud española. Rabat señalaba que existían espacios marítimos pendientes de delimitación entre Marruecos y España y rechazaba cualquier delimitación unilateral que pudiera afectarlos. Aquello sucedió hace más de once años.
Después, en 2020, Marruecos aprobó su nueva legislación sobre espacios marítimos, actualizando las líneas con las que proyecta su zona económica exclusiva y su plataforma continental hacia el Atlántico.
Aquí debo hacer una precisión porque prefiero una afirmación incómodamente cierta a una exageración cómodamente falsa: Marruecos no reivindica oficialmente la soberanía de Canarias del mismo modo que reivindica Ceuta y Melilla. Son dos cuestiones diferentes.
Lo que Marruecos sí hace es defender unas pretensiones de delimitación marítima que se solapan con espacios reclamados desde Canarias y que adquieren una importancia extraordinaria cuando miramos hacia Tropic.
Y entonces aparece la pieza que convierte este rompecabezas en algo todavía más delicado. El Sáhara Occidental.
El Sáhara también llega hasta el fondo del mar
Marruecos controla la mayor parte del Sáhara Occidental y lo considera parte integrante de su territorio. Naciones Unidas, sin embargo, continúa incluyendo el Sáhara Occidental en su lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización. La diferencia no es académica.
La costa que Marruecos administra en el Sáhara Occidental permite proyectar hacia el Atlántico enormes espacios marítimos. Si se acepta sin más que Marruecos ejerce plena soberanía sobre esa costa, su posición en una futura delimitación mejora notablemente. Si no se acepta, la película cambia.
Para Naciones Unidas, el Sáhara Occidental sigue siendo un Territorio No Autónomo pendiente de descolonización. La Corte Internacional de Justicia concluyó ya en 1975 que no existían vínculos de soberanía territorial entre el Sáhara Occidental y Marruecos capaces de impedir el ejercicio del derecho de autodeterminación, y la ONU nunca ha reconocido una transferencia de soberanía a Rabat.
Tropic, por tanto, no se encuentra simplemente en mitad de un partido entre Madrid y Rabat. En el terreno de juego aparecen España, Marruecos, el Sáhara Occidental, Naciones Unidas, el Derecho del Mar y, eventualmente, los intereses de una Europa desesperada por reducir su dependencia exterior de determinadas materias primas.
Para ser una montaña que nadie puede ver desde la playa, tiene bastante vida social.
De Ceuta a Tropic hay una misma palabra: paciencia
Y aquí regreso al principio. No pretendo sostener que las declaraciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla formen parte de un plan secreto para apoderarse mañana del Monte Tropic. Mezclar ambas cuestiones de ese modo sería abandonar el análisis geopolítico para entrar en el terreno, bastante más entretenido pero mucho menos riguroso, de las conspiraciones.
Lo que sí observo es una constante: Marruecos mantiene abiertas todas aquellas cuestiones que considera útiles para sus intereses nacionales, ya se trate de Ceuta y Melilla, del Sáhara Occidental, de la delimitación de las aguas, de la plataforma continental, de los recursos pesqueros o, inevitablemente, de los minerales submarinos.
España, en cambio, parece confiar con demasiada frecuencia en que una cuestión deja de existir simplemente porque nosotros dejamos de hablar de ella. Hace unas semanas escribía que Marruecos no necesita conquistar Ceuta para utilizarla como instrumento de presión. Con el Atlántico ocurre algo parecido: Rabat no necesita poseer hoy el Monte Tropic para trabajar durante décadas con el objetivo de llegar a cualquier negociación futura desde la posición más ventajosa posible.
Esa diferencia es importante. La geopolítica rara vez consiste en despertarse un martes y decidir qué territorio queremos adquirir el miércoles; consiste, más bien, en preparar durante años las condiciones que permitan defender una posición cuando llegue el momento adecuado.
Y en eso, al menos, Rabat parece entender bastante bien cómo funciona el juego.
La máquina japonesa debería preocuparnos más que cualquier mapa
Quizá el lector se pregunte para qué discutir hoy por una montaña situada a mil metros bajo el océano si todavía no sabemos explotarla con rentabilidad. Precisamente por eso.
Cuando el petróleo comenzó a transformar el mundo, quienes controlaban los territorios productores no esperaron a que cada pozo fuera rentable para empezar a discutir fronteras. Cuando las tierras raras, el litio o el cobalto se convirtieron en materiales estratégicos, descubrimos que las cadenas de suministro podían constituir un arma geopolítica tan eficaz como muchas divisiones acorazadas.
El error consiste en esperar a que un recurso sea imprescindible para preguntarnos quién lo controla. Japón nos enseñó en 2020 una máquina capaz de recorrer el fondo oceánico y arrancar costras cobaltíferas. Hoy recupera cientos de kilos. Mañana serán toneladas. Después, quizá, miles.
No sé si Tropic terminará siendo explotado. Puede que los costes resulten prohibitivos, que encontremos alternativas mejores, que las restricciones ambientales lo impidan o que el desarrollo tecnológico convierta esas costras en una de las grandes fuentes minerales del siglo XXI. Precisamente porque no lo sé, preferiría que España conservara todas sus opciones.
Tropic y la vieja costumbre española de llegar después
No creo que Marruecos vaya a aparecer mañana con una excavadora submarina y una bandera roja con estrella verde para instalarla en la cumbre del Monte Tropic. La geopolítica del siglo XXI suele ser bastante más sofisticada y mucho menos fotogénica: se construye con leyes, notas verbales, mapas, tratados, reconocimientos diplomáticos, inversiones, alianzas y, sobre todo, con una persistencia que permite mantener vivas durante décadas cuestiones que el vecino preferiría dar por cerradas.
Ceuta y Melilla son un ejemplo difícil de ignorar. El 21 de agosto, el ministro de Justicia marroquí volvió a reivindicar un supuesto derecho «histórico y geográfico» sobre ambas ciudades y pidió abrir un diálogo para su eventual incorporación a Marruecos. España respondió rechazándolo tajantemente, como no podía ser de otra manera. Lo que me produce cierta perplejidad es que, pese a todo, Marruecos continúe siendo oficialmente nuestro país amigo.
Debo confesar que empiezo a preocuparme por el significado diplomático de la palabra amistad. Hablamos de un país que reivindica dos ciudades españolas, que utiliza periódicamente la presión migratoria como una formidable palanca política sobre nuestra frontera, que mantiene abiertos litigios sobre la delimitación de los espacios marítimos frente a Canarias, que controla un territorio —el Sáhara Occidental— pendiente todavía de descolonización según Naciones Unidas y cuya propuesta de autonomía España decidió en 2022 considerar «la base más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto. A todo ello se añade que Marruecos se opuso ya en 2015 ante Naciones Unidas a la pretensión española de ampliar su plataforma continental al oeste de Canarias, precisamente allí donde duerme el Monte Tropic.
Y, sin embargo, seguimos hablando de amistad. Será que me he quedado anticuado, pero siempre había entendido que un amigo era alguien que te ayudaba a guardar la casa, no alguien que discutía periódicamente dónde termina el salón. Quizá la diplomacia moderna funcione de otra manera y un país amigo pueda cuestionar tus fronteras, proyectar sus reivindicaciones marítimas sobre las tuyas, utilizar tu vulnerabilidad migratoria cuando le conviene y recordarte de cuando en cuando que considera dos de tus ciudades parte de su territorio. Si todo eso entra ahora dentro de la definición de amistad, agradecería saber qué hemos decidido reservar para la enemistad.
Con todo, el problema no consiste en que Marruecos defienda sus intereses. Eso es exactamente lo que debe hacer cualquier Estado que se tome en serio a sí mismo. Rabat juega sus cartas, aprovecha sus ventajas, utiliza su posición geográfica y sostiene durante décadas aquello que considera beneficioso para Marruecos. El problema empieza cuando nosotros confundimos cooperación con confianza, necesidad con amistad y diplomacia con ingenuidad.
España necesita entenderse con Marruecos, porque compartimos frontera, flujos comerciales, seguridad, inmigración, pesca, lucha antiterrorista y un espacio geográfico imposible de trasladar a otro sitio cuando las relaciones se complican. Pero necesitar entenderse con alguien no obliga a creer que ese alguien comparte nuestros intereses. Quizá ahí esté la diferencia esencial entre diplomacia y geopolítica: la primera procura que los vecinos puedan hablar; la segunda obliga a recordar que siguen siendo vecinos aunque sonrían durante la fotografía.
Y mientras nosotros seguimos buscando el adjetivo adecuado para describir nuestra excelente relación bilateral, Marruecos continúa haciendo algo bastante más útil: defender persistentemente aquello que considera suyo. Por eso, cuando miro el mapa, paso de Ceuta a Melilla, del Sáhara a Canarias y, finalmente, abandono la costa y avanzo hacia el suroeste hasta una montaña que ningún mapa escolar español suele mostrar. Bajo unos mil metros de agua aparece un antiguo volcán cubierto por unos centímetros de minerales que algún día podrían resultar extraordinariamente valiosos.
Se llama Monte Tropic. Lleva más de cien millones de años allí, de modo que puede permitirse esperar. Marruecos también sabe esperar. Nosotros, de momento, tenemos un país amigo.
Y, francamente, con amigos así, convendría no quedarnos nunca sin estrategia.



















