Se acaba agosto y con él se marcha también este Tinto de Verano 2026, esa licencia estival que me he concedido para escribir sobre libros, historias y otras cosas que uno puede consumir sin necesidad de consultar previamente el BOE. Para despedirlo podía haber escogido una lectura amable, un paisaje bucólico o alguna reflexión de esas que permiten aparentar profundidad mientras uno contempla cómo se derrite un cubito de hielo. Pero no. Para el último había que ir a lo grande, había que soltar a los cerdos y volver sobre Fabián C. Barrio, personaje que a estas alturas empieza a tener más apariciones en este humilde blog que algunos familiares míos.

Ya les hablé aquí de Usted se encuentra aquí, aquel estupendo viaje por las filosofías clásicas convenientemente adaptadas para que nosotros, primates modernos con tarifa de datos, pudiéramos entender algo de esto de vivir. Después llegó Los engranajes de Occidente, donde Barrio diseccionaba nuestra civilización con la delicadeza de un forense al que le han dicho que puede quedarse después del turno para experimentar. Y hace apenas unos días volvió a aparecer por estas páginas con La balada de Soi Cowboy, seguramente su obra más alternativa de las tres porque aquí abandona el ensayo para entrar de lleno en la novela y llevarnos hasta esa Bangkok de neón, supervivencia, sexo, dinero y decisiones que solo parecen libres cuando uno tiene la nevera llena.

Así que sí, en esta casa Fabián ya era reincidente. Lo que no recuerdo es exactamente cómo llegué un día a su canal de YouTube. Debió de ser una de esas consecuencias inesperadas del algorrino, que normalmente dedica sus enormes capacidades computacionales a enseñarnos vídeos de gatos cayéndose de una mesa, señores chillando dentro de un coche o recetas imposibles con queso fundido, pero que, de vez en cuando, tiene un accidente y nos recomienda algo interesante. El caso es que llegué y me quedé.

Fabián C. Barrio en YouTube: pensar, explicar y meter el dedo donde duele

El canal de Fabián C. Barrio no es fácil de meter en una sola caja, y probablemente eso forme parte de su atractivo. Estamos ante un canal de divulgación y opinión en el que se cruzan psicología social, filosofía, comportamiento colectivo, historia, política, propaganda, sociedad, geopolítica y esa actividad tan poco recomendable en estos tiempos que consiste en pensar durante más de cuarenta segundos seguidos. Reducirlo a un canal de actualidad política sería bastante injusto, porque Barrio se mueve con mucha más comodidad en los territorios donde una idea necesita algo de tiempo para ser explicada.

A mí me conquistaron especialmente esos vídeos en los que agarra un concepto aparentemente académico, lo saca del aula, le quita el polvo y te explica por qué probablemente esté actuando sobre tu vida sin que tú te hayas enterado. En este mismo blog recomendé hace tiempo su explicación de la Ventana de Overton, ese mecanismo por el cual lo que ayer resultaba políticamente impensable puede acabar convirtiéndose mañana en perfectamente normal si alguien sabe mover adecuadamente los límites de lo aceptable. Aquello resume bastante bien una de sus virtudes como comunicador: detrás del sarcasmo, de las palabras inventadas, de las proclamas absurdas y de la inevitable fauna porcina suele haber una idea bastante seria esperando a que uno la encuentre.

Su canal permite además entrar en Fabián por distintas puertas. Hay quien llegará buscando una explicación sobre comportamiento de masas, quien aparecerá interesado en Occidente y sus numerosos intentos de suicidio asistido, quien prefiera las reflexiones sobre propaganda o sociedad y quien simplemente quiera contemplar durante un rato a un señor desde Chipre cabreándose con nuestra especie. Todas son opciones perfectamente legítimas, aunque debo reconocer que, de todo cuanto hace, lo que menos me gusta son precisamente Los Minutos del Odio.

Lo que menos me gusta de Fabián es precisamente lo que más gente ve

Ya está dicho. Procedan ustedes a señalarme públicamente, retirarme el carnet de porcino y arrojar mi nombre al Ostrakón. No significa que no los vea ni que no me diviertan, sino simplemente que prefiero al Barrio que toma un asunto, lo cocina despacio y construye alrededor de él una explicación completa. Me interesa más ese Fabián que intenta entender por qué funciona una sociedad que el que repasa semanalmente las nuevas y maravillosas maneras en las que esa misma sociedad ha decidido golpearse la cabeza contra una farola.

Pero hay un pequeño detalle, y es que, según ha contado él mismo en distintas ocasiones, Los Minutos del Odio son precisamente uno de los formatos que le proporciona mayor visibilidad en YouTube. Ahí tienen ustedes otra hermosa metáfora de nuestro tiempo: puedes pasarte días preparando un análisis sobre psicología social, filosofía, propaganda o comportamiento colectivo, pero reúne durante un rato las barbaridades de la semana, añade furia porcina y el algorrino empieza a mover el rabito. El primate es así y, por lo visto, el algorrino también.

Pero ¿qué demonios son Los Minutos del Odio?

Para quien haya llegado hasta aquí sin conocer el invento, conviene explicarlo antes de seguir. Los Minutos del Odio son, en definición del propio Fabián, un “informativo semanal para machirulos heteropatriarcas opresores” y, dependiendo del grado de entusiasmo del día, también “el mejor informativo de Borbonia”. Si alguien esperaba una cabecera neutra, lenguaje inclusivo de manual corporativo y presentadores mirando fijamente al teleprompter, quizá convenga que abandone ahora la sala.

El nombre bebe inevitablemente de los Dos Minutos de Odio de 1984, pero aquí Orwell ha pasado previamente por una licuadora con Internet, Twitter, la política española, varios litros de mala leche y algún cerdo. El resultado es una emisión periódica en la que Fabián repasa asuntos de actualidad utilizando una mezcla bastante difícil de reproducir de análisis, sátira, indignación, ironía y lenguaje propio.

No encontrarán el tono solemne del tertuliano televisivo, gracias a todos los dioses conocidos. Barrio ha ido construyendo alrededor del formato una liturgia propia en la que aparecen la furia porcina, los primates, los desgraciados individuos, los aullidos, las proclamas y un vocabulario que hace que el recién llegado pueda sospechar durante los primeros minutos que ha entrado accidentalmente en una secta. Tranquilo: probablemente sea peor, porque ha entrado en una comunidad de Internet.

Y, por supuesto, existe una respuesta adecuada para quien no soporte tanta incorrección, tanto cerdo o tanta realidad mal digerida. Fabián suele despachar esas sensibilidades con una fórmula que, convenientemente nasalizada, viene a ser algo así como “cancelo mi suscripción, mimimi”. Toda una política de atención al cliente que quizá no enseñen todavía en las escuelas de negocio, pero que tiene la enorme ventaja de ser comprensible.

Fabián llega a presentarse como “el viejo lesbiano que ulula sobre una roca en mitad del Mediterráneo”, definición profesional que, reconozcámoslo, mejora considerablemente “creador de contenidos”. Y luego está Kaputzinsky, cuya presencia conviene no explicar demasiado porque determinadas experiencias deben producirse directamente y sin protección. Digamos simplemente que, cuando uno lleva suficiente tiempo consumiendo contenido de Fabián C. Barrio, deja de preguntarse por qué hay un cerdo y empieza a preguntarse por qué el resto de canales no tienen uno.

Hasta aquí, YouTube. Pero Fabián ha decidido cometer otra irresponsabilidad: ha creado una web.

Losminutosdelodio.com: cuando el programa abandona YouTube y empieza a convertirse en un mundo

La nueva página de Los Minutos del Odio está todavía en pruebas y anuncia el regreso del programa para el 4 de septiembre, pero ya puede uno entrar a trastear y comprobar que aquí no estamos ante una simple página para incrustar vídeos de YouTube. Y esto es exactamente lo que me gusta de ella. Ha construido es una especie de híbrido entre periódico digital, archivo documental, fanzine político, pasquín clandestino y salón recreativo. Es decir, ha creado una página que se parece a él, y eso, aunque parezca obvio, no resulta nada habitual en Internet.

Lo primero que me parece sobresaliente es la manera en que se están organizando las ediciones. Cada entrega de Los Minutos del Odio deja de ser simplemente un vídeo y pasa a convertirse en una edición consultable, con los asuntos tratados organizados y, sobre todo, con las fuentes utilizadas. La edición que actualmente sirve de portada reúne más de un centenar de fuentes y distribuye la información en diferentes bloques relacionados con los temas abordados durante el programa.

Dentro de dos o tres años, si esta web continúa creciendo y dispone de un buen buscador, sería extraordinariamente interesante poder escribir “Marruecos”, “Zapatero”, “Hacienda”, “Ucrania”, “inteligencia artificial” o cualquier otra palabra y recorrer cronológicamente cómo se fue tratando un asunto, qué noticias aparecieron y qué fuentes se utilizaron. Entonces Los Minutos del Odio habrán dejado de ser solamente un programa para convertirse también en archivo, y ahí es donde creo que la página puede adquirir un valor que va mucho más allá del chiste o de la estética porcina.

Y después empiezan las malas decisiones

Pero uno no crea una web de Los Minutos del Odio para limitarse a hacer cosas razonables. Eso sería profundamente decepcionante. Así que, terminada la parte documental, empiezan las malas decisiones, y benditas sean, porque es precisamente ahí donde el sitio deja de ser una simple extensión del canal y comienza a desarrollar personalidad propia.

Tenemos un Odiómetro, porque obviamente la humanidad necesitaba medir científicamente su nivel diario de cabreo. Tenemos el Ostrakón, donde el respetable puede enviar simbólicamente al Pireo a determinados personajes mediante ese procedimiento democrático tan avanzado que consiste básicamente en arrojarles un trozo de barro virtual. Tenemos la Porcizarra, artefactos diversos y hasta EL PUTO BOTÓN ROJO, descrito por la propia web con una honestidad encomiable: no sirve absolutamente para nada. Naturalmente, lo primero que uno quiere hacer es pulsarlo, y eso, amigos míos, es diseño de experiencia de usuario mucho más eficaz que veinte reuniones con consultores y tres presentaciones en PowerPoint.

Entre todos esos juguetes hay uno que me parece especialmente conseguido: el Conspiratrómico. Fabián plantea una cuestión, los visitantes aportan sus teorías y después pueden votarlas. La más respaldada asciende a la categoría de VERDAD dentro de este pequeño universo alternativo. Cuando apareció una pregunta relacionada con Ceuta ya participé —porque uno tiene principios, pero tampoco tantos— y reconocí entonces que el mecanismo me parecía raruno y profundamente contemporáneo.

Porque, si uno lo piensa, ¿qué diferencia existe entre eso y buena parte de nuestras redes sociales? Hemos sustituido poco a poco el incómodo procedimiento de averiguar si algo es cierto por otro mucho más eficiente: contar cuántas personas están de acuerdo con nosotros. Mil votos, verdad; diez mil compartidos, verdad reforzada; un millón de reproducciones, verdad revelada. Y si además el mensaje viene acompañado por un tipo muy enfadado hablando a cámara desde el interior de un coche, probablemente estemos ya ante conocimiento científico revisado por pares. El Conspiratrómico lleva esa lógica hasta el absurdo y precisamente por eso funciona tan bien.

Don Fabián, siga usted tomando malas decisiones

Llegados a este punto debería intentar cerrar el artículo con alguna reflexión sesuda que justifique intelectualmente todo lo anterior, pero no lo haré porque hace demasiado calor y este es el último Tinto de Verano. Me limitaré a decir que me gusta losminutosdelodio.com precisamente porque no parece diseñada por un comité, no parece haber pasado por doce reuniones de marketing y no aparenta haber sido sometida a uno de esos estudios donde alguien termina concluyendo que el usuario necesita “una experiencia limpia, aspiracional y omnicanal”.

Es excesiva, absurda, tiene cerdos, mide el odio, permite condenar gente al ostracismo, democratiza teorías conspirativas, conserva más de cien fuentes de una sola emisión y, cuando YouTube falla, se ríe de YouTube. No puedo pedir mucho más. Curiosamente, Los Minutos del Odio siguen siendo probablemente la parte de la producción de Fabián C. Barrio que menos me interesa, porque sigo prefiriendo sus vídeos largos, sus explicaciones, sus viajes por esas zonas pantanosas donde se mezclan psicología, filosofía, propaganda y comportamiento social. Pero esta página consigue algo inesperado: hacer que Los Minutos del Odio me interesen más, porque ahora entiendo mejor el proyecto.

Ya no veo únicamente un programa semanal de actualidad con elevadas concentraciones de furia porcina. Empiezo a ver un universo, un archivo, una comunidad y una pequeña república digital levantada fuera de los grandes imperios tecnológicos.

Con esto cierro los Tintos de Verano de 2026. Hemos hablado de libros, viajado a Bangkok, recuperado historias, soportado el calor y procurado no ponernos demasiado solemnes, que a determinada edad resulta peligrosísimo. Para el último brindis había que sacar una botella especial, así que levanto mi vaso hacia Chipre, donde algún viejo lesbiano estará probablemente ululando sobre una roca mientras observa cómo Occidente decide cuál será la siguiente estupidez que cometerá.

Y si después de todo lo anterior alguien considera que este artículo contiene una cantidad intolerable de cerdos, machirulos, heteropatriarcado, Borbonia, mala leche o incorrección, siempre puede recurrir al procedimiento reglamentario: “Cancelo mi suscripción, mimimi”.

Mientras tanto, el mejor informativo de Borbonia regresará a su debido tiempo y, por desgracia para la humanidad pero por fortuna para Fabián, no parece que vaya a faltarle material. El algorrino estará esperando, Kaputzinsky permanecerá vigilante y nosotros, primates irredentos, volveremos a acercarnos a la pocilga para comprobar qué demonios ha pasado esta vez.

Así que cierro el último Tinto de Verano como mandan los cánones: Abrazo con arrimón de pito y ¡viva México, cabrones!

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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