Hay días en que uno abre X, Facebook o cualquiera de esos modernos mentideros donde antes se iba a discutir y ahora se acude principalmente a degollar al vecino, y comprende que Antonio Machado se quedó corto con aquello de la sombra errante de Caín. Caín ya no vaga por España. Encontró aquí buen acomodo hace tiempo, y hoy debe de tener casa, hipoteca, fibra óptica y varias cuentas en redes sociales desde las que participa activamente en la conversación nacional.

El próximo 2 de septiembre es el Día de Ceuta y este año no será uno cualquiera. La ciudad intenta recuperar la normalidad después de la entrada masiva de decenas de miles de personas desde Marruecos a finales de julio. La mayoría regresó posteriormente, pero todavía permanecen allí varios miles. Cuántos exactamente forma ya parte, cómo no, de la correspondiente batalla política. Interior ofrece una cifra; desde la oposición se discute. Hemos conseguido levantar una trinchera hasta alrededor de una operación aritmética.

Ceuta tiene poco más de 80.000 habitantes. No hace falta ser demógrafo, experto en fronteras ni tertuliano habitual para comprender lo que supone que una ciudad de ese tamaño tenga que afrontar de repente una situación semejante. Por eso para el próximo miércoles se han convocado concentraciones en numerosos puntos de España, muchas de ellas a las ocho de la tarde frente a los ayuntamientos. La intención parece sencilla: mostrar apoyo a Ceuta y a sus habitantes.

Y entonces aparecemos nosotros, los españoles, con nuestra extraordinaria habilidad para coger algo sencillo y convertirlo en una guerra civil de sobremesa. Uno se da una vuelta por las redes y descubre enseguida que, antes de preguntarnos qué está sucediendo en Ceuta o cómo podemos hacer sentir nuestro apoyo a quienes viven allí, necesitamos saber quién convoca. Ese detalle parece determinarlo todo.

Si convoca el PP, algunos consideran que la concentración deja de ser legítima. Si aparece Vox, para otros ya no hay solidaridad posible. Si participara el PSOE, habría quien hablaría de propaganda gubernamental. Si no participa, sería porque abandona Ceuta. Si vas, eres fascista; si no vas, eres cómplice. Si dices que una frontera debe protegerse, eres xenófobo; si recuerdas que detrás de quienes la cruzaron hay seres humanos, entonces eres partidario de las fronteras abiertas. Y así, hilo a hilo, seguimos tirando.

A veces pienso que España se parece a uno de esos viejos trajes confeccionados con retales. Castellanos, catalanes, vascos, andaluces, gallegos, extremeños, canarios, valencianos, ceutíes, melillenses y cuantos pedazos de historia fuimos cosiendo durante siglos. No siempre con puntadas elegantes; algunas fueron torpes y otras dejaron cicatriz. Pero el traje, contra pronóstico muchas veces, sigue ahí. Lo verdaderamente sorprendente es que últimamente parecemos empeñados en descoserlo nosotros mismos.

Cada cual tira de su hilo. Por la derecha o por la izquierda, por la lengua, por la bandera, por la memoria, por la inmigración, por Sánchez, por Feijóo, por Abascal o por el demonio de guardia correspondiente. Y mientras discutimos con pasión sobre quién tiene derecho moral a mostrar solidaridad, detrás quedan los ceutíes contemplando el espectáculo y preguntándose quizá si alguien recuerda que el asunto, en realidad, iba con ellos.

Yo quiero apoyar a Ceuta y no necesito odiar a un marroquí para hacerlo. Tampoco necesito votar al PP, a Vox, al PSOE ni a ninguna otra formación política. Creo sencillamente que una frontera existe para algo y que ninguna persona, cien personas o decenas de miles de personas pueden decidir unilateralmente cuándo esa frontera deja de existir. El Estado tiene la obligación de protegerla y garantizarla.

También creo que quien consigue cruzarla irregularmente sigue siendo un ser humano. No veo contradicción alguna entre ambas cosas. Se puede exigir el cumplimiento de la ley y dar agua a quien tiene sed; se puede tramitar una devolución conforme a derecho y atender a un niño; se pueden exigir responsabilidades a Marruecos sin convertir a cada marroquí en enemigo; se puede defender a policías y guardias civiles sin justificar cualquier actuación que pudiese vulnerar la ley. Se puede, en definitiva, proteger Ceuta sin renunciar a la humanidad.

Eso, que debería formar parte del sentido común más elemental, parece haberse convertido en una posición política extraordinariamente sofisticada. Quizá porque llevamos demasiado tiempo aceptando que las opiniones vienen por lotes. Si uno piensa A, parece obligado a comprar también B, C, D y E, con el paquete ideológico completo y sin posibilidad de devolución. Yo me niego a hacerlo.

El 2 de septiembre quiero poder plantarme delante de un ayuntamiento sin preguntar quién está a mi derecha ni quién tengo a mi izquierda. Quiero hacerlo sin insultar a Pedro Sánchez, sin vivas a Santiago Abascal y sin convertir a Alberto Núñez Feijóo en protagonista. No quiero pedir una guerra con Marruecos ni fingir que una frontera es un concepto fascista inventado anteayer. Quiero estar allí por Ceuta. Nada más, y nada menos.

Y pediría algo todavía más difícil en esta España nuestra: que por un solo día mostremos un poco de unidad. No hace falta firmar una paz perpetua ni fingir que pensamos igual. Tampoco convertirnos de pronto en ciudadanos nórdicos capaces de discutir de política sin subir el tono. El día 3 podremos volver perfectamente a lo nuestro: exigir responsabilidades, pedir dimisiones, acusar al Gobierno de hacerlo mal, a la oposición de aprovecharse, discutir sobre inmigración, Marruecos, Europa y cuanto consideremos necesario. Incluso podremos volver a tirarnos los trastos a la cabeza, insultar a nuestros políticos y, ya puestos, insultarnos entre nosotros, que para eso acumulamos una experiencia histórica considerable.

Pero el día 2 no.

El día 2 podríamos concedernos una tregua. Una tarde, un par de horas o quizá solamente unos minutos. El tiempo suficiente para recordar que antes de ser votantes, adversarios, progresistas, conservadores, monárquicos, republicanos, centralistas, nacionalistas o cualquier otra etiqueta que queramos colocarnos, somos ciudadanos de un mismo país. Y que cuando una parte de ese país atraviesa momentos difíciles, las demás deberían ser capaces de acercarse sin preguntar primero quién organizó el abrazo.

El día 3 volveremos a discutir, seguramente con entusiasmo y renovadas energías. Pero el día 2, por una vez, seamos un país.

Veremos si todavía sabemos hacerlo.

Y precisamente por eso propondría que en esas concentraciones se leyera algo sencillo. Diez puntos. Un acuerdo mínimo entre quienes acudan, una especie de contrato previo para saber a qué vamos y, sobre todo, a qué no vamos. Nada de consignas partidistas, nada de apropiarse de Ceuta y nada de convertir el apoyo a nuestros compatriotas en otra excusa para ajustar cuentas.

Porque si ni siquiera somos capaces de regalarnos unas horas de unidad alrededor de Ceuta, quizá debamos dejar de preguntarnos quién está descosiendo España.

Bastará con mirarnos las manos.


Decálogo por Ceuta

1. Una frontera no puede ser asaltada.
España, como cualquier Estado soberano, tiene el derecho y la obligación de controlar quién entra en su territorio y en qué condiciones. Ninguna frontera puede quedar sometida a la voluntad de quienes decidan cruzarla al margen de la ley.

2. El Estado debe garantizar nuestras fronteras.
Corresponde a los poderes públicos disponer de los medios humanos, policiales, materiales, diplomáticos y legales necesarios para impedir entradas irregulares masivas y garantizar la seguridad de las fronteras españolas.

3. Ceuta es España.
Lo que sucede en Ceuta no es un problema lejano ni exclusivamente ceutí. Afecta a compatriotas nuestros, al conjunto del país y a una de las fronteras exteriores de la Unión Europea.

4. Los ceutíes tienen derecho a recuperar la normalidad.
Ninguna ciudad puede soportar indefinidamente una situación extraordinaria de esta magnitud sin consecuencias para sus servicios públicos, su seguridad, su economía y su convivencia. Ceuta tiene derecho a recibir el apoyo material, institucional y político necesario.

5. Quien entra irregularmente queda sometido a la ley.
Identificación, determinación de sus circunstancias personales, protección internacional cuando corresponda y retorno cuando legalmente proceda. Ni arbitrariedad ni impunidad: aplicación de la ley y de las garantías propias de un Estado de derecho.

6. Quien cruza irregularmente una frontera no pierde su dignidad humana.
La defensa de la legalidad es plenamente compatible con el respeto a los derechos fundamentales, la asistencia básica y la especial protección de menores, enfermos y personas vulnerables.

7. Marruecos debe ejercer responsablemente el control de su frontera.
España necesita mantener relaciones de cooperación con Marruecos, pero también debe exigir respeto a nuestra soberanía, colaboración efectiva en el control fronterizo y cumplimiento de las obligaciones que corresponden a ambos países.

8. La violencia y el odio no ayudan a Ceuta.
Ni contra inmigrantes, ni contra policías, guardias civiles, militares, periodistas, voluntarios, vecinos o adversarios políticos. Defender nuestras fronteras no autoriza a deshumanizar a nadie ni convierte el insulto en argumento.

9. Ceuta no pertenece a ningún partido político.
Ninguna formación debería apropiarse de la situación de Ceuta para obtener ventaja partidista y nadie debería negarle solidaridad porque no le guste quién haya convocado una concentración. El apoyo a nuestros compatriotas está por encima de cualquier sigla.

10. El 2 de septiembre, seamos un país.
Durante unas horas dejemos a un lado partidos, reproches y trincheras. El día 3 volveremos a discutir, exigiremos responsabilidades y defenderemos nuestras ideas. Pero el día 2 queremos que desde Ceuta se vea una sola cosa: un país capaz de acompañar a sus compatriotas cuando lo necesitan.

Una última pregunta

Si usted está de acuerdo con estos diez puntos, venga a mostrar su apoyo.

Si discrepa de alguno, dígalo y discutámoslo el día 3.

Pero antes de preguntar quién convoca, quién estará al lado o qué partido puede sacar provecho de la fotografía, pregúntese algo bastante más sencillo:

¿Somos capaces, al menos por un día, de decirles a nuestros compatriotas de Ceuta que no están solos?

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorPLD Space entra en la carrera europea por el acceso autónomo al espacio
Artículo siguienteTodas las piezas que ya no somos
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí