Hace unos días, viendo las imágenes y leyendo lo que iba apareciendo sobre Ceuta, uno hizo lo que suele hacer cuando algo le ronda demasiado tiempo por la cabeza: ponerse a brujulear. Abrir carpetas que llevan años criando polvo digital, revolver papeles viejunos y encontrarse de pronto con documentos que uno había olvidado, aunque no del todo. Algo parecido me ocurrió hace unos meses cuando escribí sobre la zona gris, ese espacio incómodo situado entre la paz y el conflicto abierto donde los Estados se tantean, presionan, amenazan, intoxican, sabotean o explotan las debilidades ajenas procurando no cruzar esa línea clara que obligaría al otro a responder de una forma igualmente clara.
Aquello era la teoría. Lo de estos días vuelve a poner delante de nosotros una cuestión bastante más práctica. Supongamos que un actor —sea un Estado o no— identifica una de nuestras vulnerabilidades y decide explotarla. Puede ser una frontera, por supuesto, pero también una infraestructura crítica, una dependencia energética, una división social, un proceso electoral, una red informática o una determinada sensibilidad de la opinión pública. La clave de una estrategia híbrida no está tanto en la herramienta utilizada como en la combinación sincronizada de distintos instrumentos de poder para actuar sobre vulnerabilidades concretas. Esa es, de hecho, la idea con la que trabaja el proyecto MCDC Countering Hybrid Warfare.
Y entonces apareció en aquella búsqueda una vieja infografía que me resultó familiar. Procedía de la segunda fase del proyecto Countering Hybrid Warfare, CHW2, de la Multinational Capability Development Campaign. CHW2 reunió trabajos, análisis, estudios de caso y ejercicios realizados desde distintos países, y uno de sus productos fue precisamente un manual de orientación conceptual para ayudar a gobiernos e instituciones a afrontar este tipo de amenazas. El propio Ministerio de Defensa británico resume bastante bien la evolución: CHW1 intentó comprender la guerra híbrida y CHW2 se ocupó de cómo contrarrestarla.
Lo curioso es que aquel marco, que en 2019 parecía inevitablemente académico, cabe en tres palabras que hoy resultan mucho más reconocibles: detectar, disuadir y responder. Antes de ellas hay dos tareas que parecen obvias y seguramente por eso no siempre se hacen bien: fijar qué queremos proteger y establecer a partir de qué punto consideramos que una determinada actuación exige respuesta. Porque una de las grandes ventajas de quien opera en la zona gris consiste precisamente en evitar las líneas rojas tradicionales. Un ejército cruzando una frontera deja poco margen para la interpretación; una campaña de desinformación, un ciberataque de atribución dudosa, una presión económica, una protesta convenientemente alimentada o una crisis fronteriza permiten mucha más ambigüedad.
El primer verbo es detectar, y no significa darse cuenta de que existe un problema cuando ya lo tenemos sentado en el salón. Si decenas de miles de personas aparecen de pronto ante una frontera, la detección, en el sentido estratégico, ha llegado tarde. Detectar significa conectar información dispersa, distinguir señales de ruido y descubrir si acontecimientos aparentemente independientes forman parte de una misma maniobra. Significa observar lo que ya sabemos que debemos vigilar, pero también ser capaces de descubrir aquello que ni siquiera habíamos imaginado que podía convertirse en una amenaza. El marco CHW2 insiste precisamente en esa conciencia de situación amplia, porque una estrategia híbrida explota con frecuencia la compartimentación de nuestras propias instituciones: Interior ve una cosa, Defensa otra, Exteriores una tercera y los servicios de inteligencia quizá una cuarta, mientras el adversario trabaja precisamente con el conjunto.
Sería bastante ingenuo pensar que todo esto ha sorprendido a las estructuras españolas responsables de seguridad, defensa, fronteras o inteligencia. Sin duda existen planes, protocolos, análisis y capacidades mucho más detallados de lo que el ciudadano común conoce para afrontar escenarios de presión híbrida. No imagino al Ministerio del Interior descubriendo en septiembre de 2026 que una frontera puede utilizarse como instrumento de coerción, ni al Estado Mayor leyendo por primera vez la palabra hybrid en una infografía que circula por Internet. El interés del esquema no está, por tanto, en revelar ningún secreto ni en explicar a nuestros servicios cómo deben hacer su trabajo. Está en otra cosa mucho más modesta y quizá más útil para quienes miramos desde fuera: ayudarnos a entender la lógica con la que debería afrontarse una situación semejante.
Después de detectar viene disuadir, palabra que solemos asociar demasiado deprisa con misiles y tanques. La disuasión consiste simplemente en conseguir que el otro llegue a la conclusión de que una determinada acción no le compensa. Puede hacerse negándole el éxito, es decir, reforzando la vulnerabilidad que ha descubierto, o imponiéndole costes si decide explotarla. En el primer caso, si alguien descubre que puede utilizar una brecha en nuestra seguridad, una dependencia económica o una frontera para producir un efecto político, nuestra tarea consiste en conseguir que la próxima vez esa palanca ya no funcione. En el segundo, habrá que lograr que repetir la operación tenga consecuencias suficientemente incómodas como para alterar su cálculo. CHW2 desarrolló precisamente esas dos grandes vías de disuasión, negación y castigo, y dedicó además trabajos específicos a analizar cómo podía utilizarse el castigo frente a amenazas híbridas.
Ahí entran las famosas tres C: comunicación, capacidad y credibilidad. Podemos anunciar todas las líneas rojas que queramos, pero si el otro sabe que carecemos de capacidad para defenderlas, servirán de poco. Podemos disponer de capacidades formidables, pero si nadie sabe cuándo estamos dispuestos a emplearlas, tampoco generan demasiada disuasión. Y podemos tener capacidad y comunicarla correctamente, pero si durante años hemos demostrado que nuestras amenazas terminan siempre en una nota diplomática cuidadosamente redactada y poco más, el problema será de credibilidad. El adversario —o el socio que en determinados momentos decide comportarse como adversario— también aprende de nosotros. Observa lo que decimos, lo que hacemos y, sobre todo, cuánto espacio existe entre ambas cosas.
Finalmente está responder. Y quizá aquí convenga olvidar esa idea casi infantil de que la respuesta correcta consiste en devolver exactamente el mismo golpe. Una estrategia híbrida puede utilizar un instrumento porque sabe que ahí somos vulnerables; responder en ese mismo terreno puede ser precisamente lo que más le convenga. La lógica del marco es distinta: elegir el instrumento que mejor ayude a conseguir nuestros objetivos, ya sea diplomático, económico, jurídico, informativo, tecnológico, policial, militar o una combinación de varios. La respuesta puede ser abierta o discreta, unilateral o coordinada con aliados, inmediata o diferida. Lo importante no es que resulte vistosa ni que calme durante media hora a la tertulia nacional, sino que produzca un efecto estratégico útil y reduzca las posibilidades de repetición.
Por eso lo ocurrido recientemente en Ceuta me interesa menos como asunto exclusivamente ceutí que como ejemplo de algo bastante más amplio. Hoy siguen existiendo dudas relevantes sobre qué ocurrió exactamente y sobre el grado de responsabilidad de Marruecos. Un informe policial apunta a una actuación planificada y describe una permisividad extraordinaria de fuerzas marroquíes, mientras que el Gobierno sostiene que no existe evidencia concluyente de que Rabat organizara la entrada masiva. Esa incertidumbre no invalida el marco; al contrario, es justamente el tipo de incertidumbre para la que fue pensado. La atribución forma parte del problema, y responder sin saber quién hizo qué, por qué y con qué objetivo puede ser casi tan peligroso como no responder nunca.
Así que quizá la enseñanza de aquellos papeles viejunos no sea especialmente revolucionaria. Un Estado tiene que saber qué quiere proteger, detectar cuanto antes quién intenta explotarlo, reducir sus vulnerabilidades, dejar claro que determinadas acciones tendrán consecuencias y estar preparado para responder con el instrumento adecuado. Nada de eso cabe exclusivamente en un cuartel general ni en un ministerio, porque las amenazas híbridas tienen la mala costumbre de atravesar nuestras divisiones administrativas con mucha más facilidad que nosotros mismos.
Y aquí vuelve a aparecer aquella zona gris de la que escribía en mayo. La dificultad no está en saber qué hacer cuando empieza una guerra abierta; para eso llevamos algunos miles de años elaborando doctrina. Lo difícil es actuar cuando todavía no sabemos si estamos ante una crisis, una provocación, una operación encubierta, una coincidencia o varias cosas a la vez. Precisamente por eso resulta útil recuperar de vez en cuando estos documentos viejos. No para buscar en ellos una receta mágica, sino para recordar que detrás de las grandes palabras estratégicas suele haber preguntas bastante sencillas.
¿Qué está ocurriendo? ¿Quién puede beneficiarse? ¿Qué vulnerabilidad está explotando? ¿Cómo consigo que deje de funcionarle? ¿Y qué haré si vuelve a intentarlo?
Detectar, disuadir y responder.
