Hay noticias que provocan crisis políticas, tertulias interminables y ministros poniendo cara de circunstancias. Luego están las importantes, que suelen pasar con bastante menos ruido. PISA pertenece a estas últimas. Se publican unas cifras, cada administración selecciona las que menos daño le hacen, la oposición escoge las que mejor le vienen y, en dos días, todos hemos vuelto al escándalo de turno. Mientras tanto, nuestros alumnos siguen leyendo peor, calculando peor y entendiendo peor.
Los datos de PISA 2025 dejan a España por debajo de la media de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias. Lo preocupante, sin embargo, no es tanto la posición concreta en una clasificación como la trayectoria. En 2022 España obtenía mejores resultados y, si ampliamos la mirada a la última década, el deterioro resulta todavía más evidente. Uno puede envolverlo en estadísticas, comparaciones internacionales y notas metodológicas, pero cuando apartamos el celofán queda una realidad bastante poco decorativa: nuestros jóvenes, en términos agregados, están rindiendo peor.
Eso no significa que nuestros alumnos sean peores ni que los profesores hayan dejado de hacer su trabajo. Hay estudiantes excelentes, docentes extraordinarios y centros que funcionan muy bien. Precisamente por eso conviene dejar de engañarlos con el consuelo de que todo va razonablemente bien. Cuando aproximadamente uno de cada tres estudiantes no alcanza el nivel básico en lectura y algo parecido ocurre en matemáticas, ya no estamos ante una pequeña oscilación estadística.
Estamos hablando de adolescentes que encuentran dificultades para identificar la idea principal de un texto, localizar información relevante o resolver problemas matemáticos sencillos. No se les pide interpretar a Borges ni explicar una ecuación diferencial. Se les pide comprender un texto y manejar operaciones básicas. Después nos sorprenderá que de adultos no entiendan una hipoteca, una nómina, un porcentaje, una estadística o la diferencia entre lo que dice realmente una noticia y lo que sugiere su titular.
Leer bien no es una asignatura. Es una herramienta de supervivencia civil. Significa entender qué estás firmando, qué te están cobrando, qué te están prometiendo y cuándo intentan engañarte. Un ciudadano incapaz de comprender un texto complejo no es solo un trabajador peor preparado; es también un ciudadano más fácil de manipular.
La paradoja resulta especialmente llamativa porque nunca una generación tuvo tanto conocimiento a su alcance. En el bolsillo llevan un dispositivo capaz de consultar en segundos casi cualquier libro, explicación científica, mapa, traducción o fórmula matemática. Ahora, además, pueden preguntar a una inteligencia artificial y recibir respuestas perfectamente redactadas en unos segundos. Hemos multiplicado el acceso a la información mientras perdíamos parte de la paciencia necesaria para comprenderla.
Y aquí aparece una de las grandes ironías del asunto. Cuando cualquiera puede obtener una respuesta inmediata, lo verdaderamente valioso será saber formular la pregunta, interpretar la respuesta y detectar cuándo la máquina está diciendo una estupidez con excelente sintaxis. Para eso hacen falta comprensión lectora, razonamiento y criterio. Justo aquello en lo que empezamos a tener problemas.
Naturalmente, explicaciones no faltan. La pandemia, los móviles, TikTok, las ratios, la falta de profesores, la burocracia, la pérdida del hábito lector, las familias, las leyes educativas, los métodos pedagógicos o la ausencia de disciplina. Probablemente casi todas tengan parte de responsabilidad. Lo absurdo es utilizar esa complejidad como coartada para no hacer nada.
España lleva décadas reformando la educación con una perseverancia digna de mejor causa. LOGSE, LOCE, LOE, LOMCE, LOMLOE. Cada gobierno llega convencido de que el anterior no entendió nada y se marcha dejando una nueva ley que el siguiente corregirá con idéntica seguridad. Se cambian currículos, nombres, sistemas de evaluación, metodologías y conceptos. Se escriben documentos cargados de competencias, perfiles de salida, enfoques transversales y terminología pedagógica. Luego llega PISA y resulta que se lee peor y se calcula peor.
Quizá habría que considerar, aunque solo fuese por exotismo, la posibilidad de dejar de confundir reformar la educación con mejorarla. La escuela debería garantizar antes que nada que un alumno sepa leer, escribir, calcular, razonar, expresarse y comprender ciencia e historia. Puede sonar antiguo, pero también eran antiguos los puentes romanos y algunos siguen en pie.
En ese contexto resulta imposible no recordar una polémica que en su momento pareció casi una caricatura. En 2021 se publicó que el nuevo currículo de Matemáticas incorporaría la perspectiva de género y los aspectos emocionales del aprendizaje. Después aquello pasó al BOE. El currículo incluye expresamente el llamado “sentido socioafectivo” y habla del aprendizaje de las matemáticas desde una perspectiva de género, junto a conceptos como gestión emocional, perseverancia, resiliencia y autoconcepto.
Conviene no caer en el simplismo de afirmar que PISA empeora por eso. No hay base para establecer semejante causalidad. Pero sí existe una pregunta legítima: ¿hemos acertado con las prioridades?
Cuando uno de cada tres alumnos tiene dificultades para alcanzar un nivel básico de competencia matemática, quizá convenga preguntarse si el problema principal es cómo se siente ante una ecuación o si sabe resolverla. Las emociones importan y la igualdad entre chicos y chicas también. Lo que no deberíamos hacer es confundir aquello que puede facilitar el aprendizaje con el aprendizaje mismo.
A veces da la impresión de que hemos dedicado más imaginación a explicar cómo debe sentirse el alumno ante las matemáticas que a conseguir que sepa matemáticas. La autoestima es estupenda. Saber dividir también. Así llegamos a otra palabra que parece haber envejecido mal: esfuerzo. Aprender una lengua exige esfuerzo, comprender matemáticas exige esfuerzo y tocar el piano exige esfuerzo. Nadie se escandaliza cuando lo decimos. Sin embargo, en educación hemos construido a veces un discurso extraño en el que exigir parece sospechoso, frustrarse es necesariamente malo y suspender se interpreta antes como un fallo del sistema que como la posible consecuencia de no haber alcanzado un nivel suficiente.
Una buena escuela debe ayudar a quien tiene dificultades, compensar desigualdades y evitar que el origen social determine el destino. Pero ayudar al que va rezagado y bajar el listón para que parezca que nadie lo está son cosas muy distintas.
PISA ofrece además otra paradoja. España presenta en algunos indicadores una brecha socioeconómica menor que la media de la OCDE. Eso sería magnífico si se debiera exclusivamente a que quienes están abajo mejoran. El problema es que parte de esa reducción se produce porque quienes estaban arriba también empeoran. Una sociedad puede hacerse más igual haciendo crecer al que tiene menos o reduciendo al que tiene más. Matemáticamente la distancia disminuye en ambos casos; solo uno puede llamarse progreso.
Y luego está Idiocracia. Hace tiempo escribí aquí sobre aquella película de Mike Judge que en 2006 parecía una sátira grotesca sobre una sociedad progresivamente embrutecida por el entretenimiento inmediato, la vulgaridad y la incapacidad para resolver problemas elementales. Entonces hacía gracia. Con los años ha ido perdiendo parte de su condición de comedia y en no mucho tiempo puede convertirse en un documental.
No estamos en Idiocracia, naturalmente. Pero tampoco parece muy inteligente avanzar en esa dirección mientras contemplamos cómo disminuye la comprensión lectora, crece la dependencia de las pantallas y simplificamos debates que cada vez exigen más conocimiento. Algunas distopías no llegan con soldados ni alambradas. Llegan con vídeos de quince segundos, titulares que nadie lee completos y ciudadanos incapaces de distinguir un dato de una consigna.
Por eso los resultados de PISA deberían provocar algo parecido a un pacto de Estado. Pero uno de verdad, no una fotografía, una comisión y ciento ochenta páginas que nadie volverá a abrir. Hacen falta unos cuantos objetivos sencillos y medibles: recuperar la comprensión lectora, mejorar matemáticas y ciencias, devolver tranquilidad a las aulas, revisar qué metodologías funcionan, evaluar resultados y rectificar cuando algo fracasa.
Y, sobre todo, habría que sacar la educación de la batalla ideológica permanente. Mantener lo que funciona aunque lo haya aprobado el contrario y retirar lo que no funciona aunque lleve nuestra firma. Eso exige algo que parece sencillo pero rara vez lo es: admitir que uno puede haberse equivocado.
También convendría no encargar el rescate únicamente a quienes llevan décadas explicándonos que cada nueva reforma era la definitiva. No porque sean malvados, sino porque existe una cosa bastante poco ideológica llamada resultado. Si alguien lleva veinte años arreglando una tubería y cada vez hay más agua en el sótano, quizá convenga llamar también a otro fontanero.
Escuchen a los profesores que están dentro del aula, a los directores, a las familias, a los especialistas en aprendizaje y a quienes evalúan resultados. Miren qué hacen los países que funcionan mejor. Prueben, midan, corrijan y abandonen de una vez la idea de que cualquier reforma necesita empezar derribando todo lo anterior.
Y háganlo ya. Los errores educativos tienen una característica cruel: tardan años en hacerse visibles. El niño al que hoy no enseñamos correctamente a leer no aparecerá mañana en una estadística de desempleo. Tardará quince años. El alumno que hoy no aprende matemáticas no reducirá el PIB la semana que viene. Lo hará dentro de veinte.
Cada curso que pasa es una generación que avanza y no podemos devolverla diez años después al aula diciendo que hubo un pequeño error metodológico. Así que recuperemos una idea bastante elemental: la escuela existe también para enseñar. Para que un alumno lea, comprenda, calcule, razone y piense. Todo lo demás puede ser importante, pero debería construirse encima de eso, no en su lugar.
Porque, de seguir así, quizá llegue un momento en que recordemos Idiocracia y dejemos de verla como una comedia. Entonces podremos crear una comisión interdisciplinar, resiliente, inclusiva, emocionalmente sostenible y, naturalmente, con perspectiva de género para estudiar por qué nadie sabe ya hacer la cuenta.
Pero para entonces será un poco tarde.

Madrid tira del mapa educativo mientras España se fragmenta
La media española cuenta una historia, pero no toda la historia. Cuando se baja al mapa autonómico aparecen diferencias muy significativas entre territorios y, entre ellas, destaca especialmente Madrid, que en PISA 2025 encabeza los resultados españoles en Matemáticas y Ciencias y ocupa la segunda posición en Lectura. Junto a Castilla y León y Asturias, forma el grupo de comunidades que mantiene un rendimiento más sólido y claramente por encima del promedio nacional en varias competencias, mientras la Comunitat Valenciana y el País Vasco registran retrocesos mucho más acusados. La conclusión es incómoda pero evidente: detrás de una sola cifra para España conviven sistemas educativos con comportamientos muy distintos, y algunos funcionan bastante mejor que otros.
El caso de Cataluña merece algo más que una nota al pie porque resulta difícil de justificar. Se excluyó de la prueba a alrededor del 23 % del alumnado, muy por encima del 5 % que la OCDE toma como referencia, y una parte relevante de esas exclusiones afectaba precisamente a estudiantes con más dificultades de aprendizaje o menor dominio lingüístico. El efecto de una selección así es bastante obvio: puede mejorar artificialmente la media y convertir una fotografía incómoda en otra mucho más favorecedora. La OCDE acabó considerando que los resultados catalanes no eran suficientemente representativos para la comparación internacional. No está demostrado que hubiera una decisión consciente de hacer trampa, pero cuando una administración deja fuera a casi uno de cada cuatro alumnos y precisamente desaparecen de la muestra muchos de los que previsiblemente obtendrían peores resultados, llamar a todo ello simple “incidencia técnica” exige una generosidad terminológica considerable. Más que un tropiezo estadístico, parece un ejemplo de cómo no debe gestionarse una evaluación internacional.




















