La última ronda
En la primera recopilación de los Tintos de Verano de 2026 quedaron reunidos los ocho primeros tragos de la temporada. Habíamos hablado de siestas, aire acondicionado, inteligencia artificial, Asimov, Huxley, Cervantes, nuestra oceánica ignorancia y esa fascinante costumbre contemporánea de viajar todos a los mismos lugares para lamentarnos después de que están llenos de turistas.
Aquello era julio y todavía quedaba mucho verano por delante. Demasiado, según el termómetro.
La segunda mitad ha resultado bastante más viajera y quizá también algo más canalla. Hemos pasado por la España gris del franquismo, navegado con Odiseo, subido de nuevo a un escenario con los Rolling Stones, recorrido los neones de Bangkok, mirado al cielo desde Meco, comprobado hasta qué punto seguimos siendo vulnerables en internet, visitado el peculiar universo de Fabián C. Barrio y acabado delante del cacique contemporáneo, que ya no promete un puesto en la Diputación ni arreglar el camino de la finca: ahora puede ofrecer 5.000 dólares.
El 28 de agosto llegué incluso a anunciar solemnemente el último Tinto de Verano de 2026. Debí haber aprendido a estas alturas que hacer semejantes afirmaciones es tentar al destino. Bastaron unos días, Donald Trump y una promesa electoral convenientemente regada de dólares para obligarme a sacar otra vez la jarra.
Así que aquí está, ahora sí —creo—, la segunda y última recopilación del verano.
Ocho tragos más. Sírvase hielo.
1. Contrapaso: dos periodistas a contrapelo del franquismo
Comenzamos agosto viajando hacia atrás, a una España bastante menos luminosa que la de las sombrillas y los chiringuitos. Contrapaso nos llevó al franquismo de la mano de dos periodistas que hacen exactamente lo que se espera de un buen periodista: preguntar allí donde alguien preferiría que no se preguntara.
A partir del cómic, el Tinto se convirtió también en una excusa para hablar del periodismo cuando investigar no consistía en reproducir una nota de prensa, enlazar tres tuits y marcharse a comer, sino en buscar historias en una sociedad sometida a censura, silencios, jerarquías y miedos muy reales. Hay crimen, investigación y magnífica ambientación, pero detrás de todo aparece una idea que sigue teniendo bastante vigencia: el periodismo comienza precisamente donde termina la versión oficial.
No era quizá la lectura más refrescante para agosto, pero nadie prometió que el Tinto tuviera siempre que ser dulce.
2. Odiseo, liderazgo y un tinto de verano
Después del franquismo nos fuimos bastante más lejos, nada menos que a Troya y sus alrededores, porque puestos a hablar de liderazgo parecía razonable recurrir a un hombre que tardó diez años en regresar a casa, perdió barcos, compañeros y buena parte de la paciencia por el camino y, pese a todo, consiguió que todavía sigamos hablando de él tres milenios después.
Odiseo sirve para recordar que liderar tiene mucho menos que ver con posar junto a un organigrama que con tomar decisiones cuando el mapa deja de servir. Hay estrategia, persuasión, resistencia, inteligencia, capacidad para adaptarse y también errores, soberbia y consecuencias. Precisamente por eso resulta más interesante que esos líderes de manual que siempre conocen la respuesta correcta antes de que aparezca el problema.
Homero no escribió un libro de management —afortunadamente—, pero dejó bastante material para cualquier directivo dispuesto a leer algo más largo que un PowerPoint.
3. Los Rolling Stones todavía piden otra ronda
Y de un grupo de veteranos aqueos pasamos a otro grupo de veteranos que también lleva décadas recorriendo el mundo, aunque estos con guitarras eléctricas y algo más de iluminación.
Los Rolling Stones siguen ahí cuando prácticamente todo lo que había a su alrededor al comenzar su carrera ha desaparecido, cambiado de nombre o acabado convertido en material para documentales. Podíamos hablar de música, naturalmente, pero el verdadero asunto era otro: la longevidad, la capacidad de mantenerse vigente y esa extraña mezcla de oficio, adaptación y fidelidad a uno mismo que permite atravesar generaciones sin convertirse únicamente en una reliquia.
Han envejecido ellos, hemos envejecido nosotros y ha envejecido incluso el rock. Pero suenan las primeras notas y algo continúa funcionando. Quizá porque hay cosas que no necesitan fingir juventud para seguir vivas.
Mientras puedan subir al escenario, parece que los Stones todavía tienen intención de pedir otra ronda.
Y nosotros tampoco íbamos a negársela.
4. La balada de Soi Cowboy: cuando sobrevivir es la única moral posible
Luego llegó Fabián C. Barrio y nos llevó a Bangkok. No precisamente al Bangkok de los templos, los hoteles con piscina infinita y las fotografías cuidadas para Instagram, sino al de los neones de Soi Cowboy y a la vida de Nana, donde pobreza, sexo, dinero, deseo y supervivencia forman una mezcla bastante menos cómoda de contemplar.
La balada de Soi Cowboy plantea una de esas preguntas que resultan muy sencillas de responder cuando uno tiene la nevera llena: ¿hasta qué punto podemos juzgar moralmente las decisiones de alguien cuyas opciones son todas malas?
Ese fue para mí el corazón del libro. No una postal exótica de Tailandia, sino una historia sobre la desigualdad de partida y sobre personas que no eligen entre el bien y el mal, sino entre sobrevivir de una manera o sobrevivir de otra. Hay novelas que sirven para escapar del mundo. Esta hace justo lo contrario: te arrastra hasta una parte del mundo que preferimos no mirar demasiado.
Y allí te deja.
5. El día que se hizo de noche en Meco: eclipse total, calor y Tinto de Verano
Después de Bangkok tocaba regresar a casa. Y levantar la cabeza.
Durante unas horas aquel agosto dejó a un lado gobiernos, guerras, algoritmos y miserias humanas porque teníamos una cita con algo bastante más antiguo: la Luna pasando delante del Sol. Desde Meco, mi pequeño observatorio sentimental del universo, el eclipse proporcionaba la excusa perfecta para recuperar una sensación que los adultos vamos perdiendo con alarmante eficacia: el asombro.
Sabemos perfectamente qué es un eclipse. Podemos calcularlo con décadas de anticipación, seguir su trayectoria en una aplicación, conocer el minuto exacto en que comienza y fotografiarlo con instrumentos que habrían parecido brujería hace pocos siglos. Y, sin embargo, cuando la luz cambia y el cielo hace algo que no debería hacer a esa hora del día, toda nuestra explicación científica no elimina la emoción.
Al contrario. La hace todavía mayor.
Por un momento fuimos aquellos antepasados que miraban hacia arriba sin entender nada. Solo que nosotros teníamos gafas homologadas, teléfono móvil y, por supuesto, un Tinto de Verano cerca.
Algo hemos progresado.
6. Guía de Seguridad de un Hacker: una lectura para volver a la realidad digital
Del cielo pasamos de nuevo a la pantalla, que probablemente sea el lugar donde más horas miramos cada día.
La Guía de Seguridad de un Hacker venía a recordarnos algo elemental: el problema de la ciberseguridad ya no pertenece únicamente a informáticos, bancos y grandes empresas. Pertenece a cualquiera que tenga teléfono móvil, correo electrónico, WhatsApp, redes sociales, una cuenta bancaria o un familiar capaz de pulsar un enlace porque el mensaje asegura que el paquete no ha podido ser entregado.
Y ahí estamos prácticamente todos.
La lectura tiene la virtud de devolver el asunto al terreno de lo cotidiano. Contraseñas, ingeniería social, fraudes, dispositivos, privacidad, inteligencia artificial, clonaciones de voz o engaños cada vez más convincentes. El ciberdelincuente no necesita derribar la muralla cuando nosotros mismos podemos abrirle la puerta.
Durante años dijimos aquello de que el antivirus más importante estaba entre la silla y el teclado. La tecnología ha cambiado muchísimo desde entonces.
El problema esencial, bastante menos.
7. Los Minutos del Odio ya tienen casa: Fabián C. Barrio lleva su universo a la web
Fabián C. Barrio reincidió pocos días después, aunque esta vez no para llevarnos a Tailandia sino a su particular ecosistema digital: Los Minutos del Odio.
Quien lo siga sabe que alrededor de Barrio ha ido creciendo una fauna propia de primates, porcinos, ostrakones, palabras imposibles y criaturas diversas utilizadas para hablar, en realidad, de cosas bastante serias: propaganda, comportamiento colectivo, política, psicología social, Occidente, manipulación y nuestras innumerables formas de comportarnos como una especie mucho menos racional de lo que nos gusta presumir.
La nueva web convirtió todo aquello en territorio propio y me sirvió para hablar también de una de las cosas que más valoro de Barrio: detrás del sarcasmo suele existir una idea, y detrás de la provocación, con frecuencia, una invitación a pensar.
Confesé además una pequeña herejía: Los Minutos del Odio no son precisamente lo que más me gusta de él. Prefiero al Fabián que toma un concepto y lo cocina despacio.
Imagino que por esta declaración continúo pendiente de comparecer ante el Ostrakón.
8. El Cacique: 5.000 dólares por su voto, gracias
Y cuando todo parecía terminado apareció el cacique.
El cacique español clásico disponía de influencias, favores, empleos, recomendaciones y alguna carretera que casualmente podía pasar más cerca de su finca que de la del adversario. El sistema era rudimentario, pero bastante fácil de entender: yo te ayudo y, llegado el momento, tú recuerdas quién te ayudó.
Entonces miramos hacia Estados Unidos y encontramos a Donald Trump planteando un posible «dividendo» de 5.000 dólares para los ciudadanos, ligado a los ingresos de los aranceles, justo cuando se aproximan unas elecciones de medio término decisivas.
Naturalmente, Estados Unidos no es la España caciquil de comienzos del siglo XX y un programa fiscal no convierte automáticamente a quien lo propone en cacique. Pero el parecido retórico resultaba demasiado tentador para dejarlo escapar: dinero público, votantes y elecciones caben peligrosamente bien en una misma frase.
Era septiembre. Los Tintos habían terminado.
Pero ante semejante ronda pagada con dinero ajeno, había que volver a abrir la botella.
Ocho tragos y se acabó el verano
Vistos uno detrás de otro, estos ocho artículos forman una mezcla todavía más extraña que la primera tanda: periodismo y franquismo, liderazgo homérico, rockeros casi inmortales, prostitutas de Bangkok, eclipses sobre la Alcarria, ciberdelincuentes, primates digitales y un presidente estadounidense repartiendo —o prometiendo repartir— dólares.
Parece el comienzo de un chiste particularmente complicado.
Sin embargo, quizá ahí esté precisamente la gracia de estos Tintos de Verano. Nunca pretendieron formar una colección coherente ni construir una doctrina. Son más bien una licencia estacional para detenerme ante algo que me interesa, levantar una piedra, mirar qué hay debajo y escribir sobre ello procurando no adoptar la expresión de quien acaba de descifrar el sentido último del universo.
Porque no lo he descifrado.
Ni siquiera estoy seguro de entender correctamente la factura de la luz.
Este verano hemos hablado de libros, música, historia, tecnología, viajes, liderazgo, política, astronomía y de nuestra infinita capacidad para crear problemas nuevos sin haber terminado todavía de resolver los antiguos. Un poco de cultura, algo de actualidad, cierta nostalgia y las dosis habituales de ironía, escepticismo y mala leche convenientemente rebajadas con hielo.
La primera tanda comenzó defendiendo la siesta. Esta termina hablando de caciques.
Entre ambas han quedado dieciséis Tintos de Verano y varios meses en los que este rincón ha podido permitirse el lujo de tomarse asuntos serios con algo menos de solemnidad.
Ahora sí parece que toca guardar la jarra.
El verano de 2026 empieza a recoger sus cosas, las tardes se acortan y hasta el hielo dura un poco más dentro del vaso. Volverán otros artículos, otros libros, otras guerras, otras tecnologías y, con toda seguridad, otros políticos dispuestos a proporcionarnos material sin cobrar derechos de autor.
Los Tintos, en cambio, se despiden hasta el próximo verano.
Eso dije también el 28 de agosto.
Así que tampoco me hagan demasiado caso.


















