Tengo delante un libro de 2002. Segunda edición de Infonomía, de Alfons Cornella. No es uno de esos libros que uno compra, hojea, subraya con entusiasmo y acaba sepultado entre manuales de gestión, informes que ya nadie recuerda y algún que otro mamotreto cuya adquisición se explica mejor por un arrebato de optimismo intelectual que por una necesidad real. Este no. Este lleva pegada una época.
Porque a Cornella yo no llegué buscando referencias históricas sobre la transformación digital. Lo seguía cuando aquello todavía no tenía ese nombre y, en realidad, ni siquiera sabíamos del todo en qué iba a convertirse. A finales de los noventa leía sus EXTRA!-NET, aquellas entregas en las que hablaba de información, conocimiento, Internet, empresa, organización y futuro con una mezcla de intuición y método que a algunos nos hizo pensar que quizá detrás de aquellos módems chirriantes había bastante más que correo electrónico, páginas feas y la posibilidad de perder varias horas intentando descargar una imagen.
Cornella fue uno de los que entendió antes que muchos que la información estaba dejando de ser un mero acompañamiento de la actividad para convertirse en materia prima. Si una empresa gestionaba el dinero, las personas, las máquinas o los almacenes, también tendría que aprender a gestionar la información con el mismo rigor. De ahí nació aquella palabra, infonomía, que sonaba un poco a artefacto conceptual pero que encerraba una idea muy seria: el valor ya no iba a estar solo en poseer información, sino en saber encontrarla, filtrarla, ordenarla, relacionarla y convertirla en conocimiento útil. Y mientras Cornella hablaba del mundo que venía, algunos nos dedicábamos a cacharrear con él.
En 1996 pusimos en marcha GEA-CD, una iniciativa pensada para acercar recursos informáticos a los profesionales y docentes de las Ciencias de la Tierra. Dicho hoy suena casi entrañable: un CD-ROM con software, documentos, imágenes y recursos que pretendía facilitar el trabajo a quienes enseñaban o trabajaban con geología, medio ambiente y disciplinas afines. Pero en aquel momento aquello no tenía nada de entrañable. Aquello era futuro.
Conviene recordar dónde estábamos. La Internet de masas apenas comenzaba a despuntar. Todavía no vivíamos conectados permanentemente. Entrábamos en Internet como quien entra en una biblioteca, en una oficina o en una taberna, y después salíamos. Había un principio y un final. El módem dejaba claro que uno estaba atravesando una puerta porque emitía una serie de sonidos que hoy quizá consideraríamos una agresión acústica, pero que entonces eran poco menos que la música de la modernidad.
Cambian las máquinas. Cambia la velocidad. La pregunta sigue siendo la misma: qué hacemos con toda esta información
Las conexiones eran lentas, las tarifas no invitaban a la alegría y una gran parte de la información útil seguía viviendo en soportes físicos. Por eso un CD-ROM capaz de almacenar centenares de megabytes nos parecía una barbaridad tecnológica. Metíamos allí textos, programas, imágenes, bases de datos y recursos, y teníamos la sensación nada exagerada de estar empaquetando conocimiento.
GEA-CD tuvo varias versiones. Y en la segunda dimos un pequeño salto que visto hoy tiene algo de arqueología digital: empezamos a utilizar HTML y metimos dentro un par de navegadores.
Sí, navegadores dentro del CD.
Ahora cualquiera abre Chrome, Firefox, Edge o lo que corresponda sin pensar que está utilizando una pieza concreta de software. Entonces no podíamos dar por hecho que quien recibiera el disco tuviera uno instalado. Así que se lo dábamos también. Era como repartir una biblioteca y, por si acaso, meter dentro la puerta de entrada.
Aquella imagen resume bastante bien el momento que estábamos viviendo. El mundo viejo, el de los soportes físicos, empezaba a llevar dentro las herramientas del mundo nuevo, el de la red. Era una transición silenciosa pero formidable. No sabíamos todavía que los discos acabarían arrinconados, que los navegadores se convertirían en una ventana permanente al mundo y que la información dejaría de viajar principalmente en cajas para circular por cables, antenas y centros de datos.
No sabíamos muchas cosas, claro. Eso también conviene decirlo. Pero estábamos allí. Y esa es la parte que hoy me parece más interesante.
A veces se cuenta la revolución digital como una sucesión ordenada de tecnologías que fueron apareciendo unas detrás de otras hasta conducir inevitablemente al presente. Nada más lejos de la realidad. Los que vivíamos aquello no teníamos un mapa. Íbamos probando, montando cosas, equivocándonos, corrigiendo, aprendiendo sobre la marcha y poniéndoles nombre a prácticas que años después alguien bautizaría con una expresión inglesa, las envolvería en una metodología y vendería cursos sobre ellas.
Cuando años después recordé GEA-CD escribí que no sabíamos nada de Lean Startup y, sin embargo, algo de eso hacíamos. Sacábamos versiones, recogíamos experiencias, cambiábamos cosas y volvíamos a probar. No teníamos el vocabulario, pero teníamos el método. O, al menos, la necesidad.
Y en paralelo Cornella seguía insistiendo en la importancia de gestionar bien la información. También empezó a hablar de algo que entonces quizá sonaba exagerado y hoy parece casi ingenuo por defecto: la infoxicación, esa saturación provocada por el exceso de información.
A finales de los noventa y principios de los dos mil ya empezábamos a sentir que había demasiado que leer, demasiado que mirar, demasiadas páginas, demasiadas fuentes, demasiadas novedades. Lo curioso es que aquello, visto desde hoy, era apenas el aperitivo.
En 2008 publiqué en este blog una entrada titulada ¿Para qué sirve Twitter? Había visto un vídeo de Joan Planas preguntando a la gente por aquel invento y me hicieron gracia las caras de acelga que ponían algunos entrevistados. Hasta que me di cuenta de que yo tampoco tenía demasiado claro qué demonios era Twitter y corrí a informarme, no fuera a resultar que el ignorante de la vida era servidor.
Una vez entendido el mecanismo, mi primera reacción fue dudar de su utilidad. Y ahí apareció de nuevo Cornella. Escribí entonces que los que andábamos dándole a la tecla ya estábamos, como él decía, infosaturados, que nos salía la información por las orejas y que no éramos capaces de procesar todo lo que teníamos delante. Y ahora, para rematar, llegaba Twitter con sus 140 caracteres.
Reconozco que releerlo hoy produce una mezcla de ternura y carcajada. Nos salía la información por las orejas. No teníamos ni idea.
Twitter terminó siendo útil, muchísimo. Sirvió para seguir acontecimientos en tiempo real, descubrir expertos, crear comunidades, acceder a fuentes, conversar con gente con la que antes habría sido imposible intercambiar una palabra y enterarse de cosas antes de que llegaran a los medios tradicionales. También sirvió para otras cosas bastante menos edificantes, pero eso ya forma parte de la naturaleza humana y conviene no atribuírselo todo a la tecnología.
La paradoja fue que las herramientas creadas para ayudarnos a acceder a la información terminaron multiplicando la cantidad de información que teníamos que procesar. Después de Twitter llegaron más plataformas, más notificaciones, más mensajes, más vídeos, más grupos, más canales, más boletines, más alertas, más algoritmos, más contenidos y más empeño en conseguir que no cerráramos nunca la pantalla.
Cornella hablaba de infoxicación cuando todavía podíamos cerrar el navegador y marcharnos. Hoy llevamos la fuente de infoxicación en el bolsillo. Y cuando parecía que habíamos alcanzado un punto difícil de superar apareció la inteligencia artificial generativa.
Durante la primera Internet el gran problema era encontrar información. Después Google hizo que encontrarla fuera relativamente sencillo y el problema pasó a ser seleccionarla. Las redes sociales añadieron otra capa: ya no solo buscábamos nosotros, también los algoritmos decidían qué debíamos ver. Y ahora hemos dado un paso más: podemos pedirle a una máquina que lea por nosotros, que compare veinte documentos, resuma cien páginas, encuentre contradicciones, redacte un informe, extraiga conclusiones y, de paso, nos diga lo que considera más relevante.
Es una maravilla. Y es también una fuente nueva de problemas.
Porque si delegamos parte de la búsqueda, la selección y la interpretación de la información, la cuestión ya no es solo qué sabemos, sino sobre qué está razonando la máquina, de dónde sale ese material, si está actualizado, si es fiable, si está completo y qué ha dejado fuera por el camino.
De repente, después de tanta innovación, volvemos a la misma vieja pregunta de Cornella: cómo gestionar inteligentemente la información.
Solo que ahora hemos traído robots. Y aquí aparece una de las ironías más hermosas de todo este recorrido. Estamos utilizando inteligencia artificial para combatir la sobrecarga de información, pero la propia inteligencia artificial está provocando una explosión de información jamás vista. Donde antes alguien escribía un informe, ahora puede generar diez. Donde se encargaban tres imágenes, ahora se producen cien. Donde una empresa publicaba una nota, ahora puede fabricar cincuenta variantes para redes sociales antes de que el café se enfríe.
Hemos inventado una magnífica bomba para achicar agua y la hemos conectado a la vez a una manguera.
El problema ya no es producir información. Eso está resuelto de sobra. El problema es saber cuál merece atención.
Y ahí seguimos tropezando con una realidad bastante tozuda: el día tiene veinticuatro horas. Nuestro cerebro no ha recibido una actualización comparable a la de los procesadores. Podemos almacenar más, generar más y distribuir más, pero nuestra capacidad de atención continúa siendo finita.
Por eso releer hoy Infonomía tiene algo de viaje circular. El libro no puede explicar ChatGPT ni los modelos de lenguaje porque pertenece a otro tiempo. Pero sí ayuda a recordar que muchos de los problemas que atribuimos hoy a la inteligencia artificial comenzaron mucho antes. La sobreabundancia de información, la dificultad para separar señal y ruido, la necesidad de ordenar el conocimiento y la importancia de hacer llegar la información adecuada a quien la necesita no nacieron hace dos años ni se inventaron en Silicon Valley anteayer.
Llevamos décadas peleándonos con lo mismo. Cambian las máquinas. Cambia el vocabulario. Cambia la velocidad. Pero el fondo permanece. Y en ese recorrido personal hay algo que me produce cierta satisfacción, quizá porque uno nació a mitad del siglo pasado y ya ha visto unas cuantas tecnologías presentarse como definitivas, revolucionarias e imprescindibles. Algunas lo fueron. Otras acabaron en el cajón junto a los disquetes. Otras regresan cada cierto tiempo con otro nombre y una presentación más vistosa.
Pero aquí seguimos, en la pomada.
Desde aquellos tiempos de EXTRA!-NET y GEA-CD hasta la inteligencia artificial, pasando por Internet, Google, los blogs, Twitter, los smartphones y toda la fauna digital intermedia, sigo reconociendo la misma curiosidad. La necesidad de entender qué está cambiando, para qué sirve y qué parte de todo el ruido merece realmente la pena.
Quizá esa sea la enseñanza que más me interesa recuperar de Cornella: no enamorarse de la herramienta, sino intentar comprender qué cambia cuando la utilizamos.
Hace treinta años metíamos dos navegadores dentro de un CD-ROM para abrir una pequeña ventana hacia Internet. Hoy pedimos a una inteligencia artificial que navegue océanos enteros de información por nosotros.
Entre una cosa y otra ha cambiado casi todo.
Menos la pregunta.
Qué información merece la pena y qué demonios hacemos con ella.
Y, visto el panorama, no parece que vayamos a librarnos de esa pregunta en una buena temporada.
