Hay mañanas en las que uno se levanta, consulta en una tableta las noticias de medio planeta, mira una predicción meteorológica elaborada con modelos que procesan cantidades obscenas de datos, pregunta alguna majadería a una inteligencia artificial, paga el café acercando un reloj a un cacharro y, si le viene en gana, contempla una fotografía enviada desde Marte. Después de semejante acumulación de prodigios, se queja, naturalmente, de que el wifi va lento.
Tal vez esta sea una de las grandes conquistas de nuestro tiempo: hemos conseguido convertir lo extraordinario en ordinario.
Quienes nacimos cuando todavía había teléfonos con disco, televisores con dos canales y señores que venían a casa a leer el contador de la luz deberíamos conservar cierta capacidad de asombro. Hemos visto pasar, casi sin ceremonia, del transistor al microprocesador, del mapa de carreteras al GPS y de la enciclopedia en veinte tomos a una máquina capaz de responder en segundos a casi cualquier pregunta. Sin embargo, nos hemos acostumbrado tan deprisa que ya consideramos normal lo que hace unas décadas habría parecido brujería.
Quizá por eso me ha interesado especialmente Asombrosa, una publicación de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y Kyndryl que reúne a veinte científicos en diez grandes ámbitos de conocimiento. El proyecto no se resolvió, como ocurre tantas veces con las publicaciones institucionales, pidiendo a una docena de expertos que enviaran cuatro folios antes del viernes. Detrás hubo más de un año de trabajo, decenas de reuniones y más de cuarenta horas de entrevistas.
No estamos ante un tratado científico ni falta que hace. La publicación mezcla entrevistas, fotografías, ilustraciones, titulares y textos breves con una estética deliberadamente cercana al fanzine. Es una decisión inteligente, porque divulgar ciencia hoy significa también competir por la atención con vídeos de quince segundos, broncas políticas, gatos haciendo cosas improbables y personajes que aseguran conocer el secreto de la riqueza después de alquilar un Lamborghini para grabar un vídeo.
Primero fue la curiosidad
La publicación recorre inteligencia artificial, ciberseguridad, computación cuántica, nanociencia, energía, biodiversidad, cambio climático, neurociencia o exploración del cosmos. Por allí pasan investigadores de primer nivel como Ignacio Cirac, Miguel Delibes, Juan Lerma, Verónica Bolón o Jesús Martínez Frías. Pero probablemente lo mejor no sea quiénes aparecen, sino desde dónde se cuenta la ciencia.
Hay una palabra que se repite una y otra vez cuando quienes hicieron el libro explican cómo nació: curiosidad. No innovación. No competitividad. No transferencia tecnológica. No ninguno de esos términos que tan bien quedan en una presentación de PowerPoint junto a la inevitable bombilla dibujada. Curiosidad.
Antes de que exista una patente, una aplicación o una empresa capaz de transformar un descubrimiento en tecnología, alguien tiene que experimentar la incómoda sensación de no comprender algo. Primero maravillarse, luego preguntar, después intentar entender y, quizá mucho más tarde, convertir ese conocimiento en algo útil. Ese orden importa.
Tenemos una tendencia bastante humana a preguntar a la investigación: «¿Y eso para qué sirve?». Lo hacemos con la contundencia del contribuyente que sospecha que alguien se está gastando sus impuestos en contemplar escarabajos. El problema es que buena parte de las tecnologías que hoy consideramos imprescindibles comenzaron siendo investigaciones cuya utilidad práctica resultaba bastante difícil de justificar.
Las matemáticas abstractas acabaron protegiendo nuestras comunicaciones digitales. La física cuántica, que durante años parecía describir un universo absurdo, sostiene buena parte de la electrónica moderna. La exploración espacial ha generado tecnologías y conocimientos que nadie podía anticipar cuando empezamos a lanzar cacharros hacia arriba.
La ciencia tiene esa mala costumbre de no saber siempre para qué servirá aquello que está aprendiendo. Y menos mal. Si hubiéramos exigido un plan de negocio antes de permitir cada nueva pregunta, probablemente seguiríamos muy ocupados perfeccionando la rueda.
Ciencia escondida dentro de los cacharros
Una de las virtudes de Asombrosa consiste precisamente en mostrar la línea que une el laboratorio con la vida cotidiana. La RAC explica que la publicación pretende enseñar cómo investigaciones aparentemente lejanas están detrás de cuestiones tan normales como las transacciones con el móvil, la medicina, la energía o la protección del medio ambiente. Y ahí empieza uno a comprender la cantidad de ciencia que lleva encima sin darse cuenta.
El teléfono del bolsillo necesita física de materiales, matemáticas, criptografía, electrónica, telecomunicaciones e inteligencia artificial. Su batería requiere química y recursos minerales extraídos de algún lugar del planeta. El navegador que utilizamos para volver a casa depende de satélites que orbitan a miles de kilómetros y de correcciones relativistas en sus relojes. Cada vez que enviamos una fotografía o pagamos con una tarjeta estamos confiando en algoritmos que apenas entendemos y que descansan sobre décadas de investigación.
Tenemos una acumulación formidable de conocimiento encapsulada en objetos que utilizamos sin pensar. Quizá esa sea precisamente una de las razones por las que hemos perdido capacidad de asombro. La tecnología funciona mejor cuanto menos necesitamos saber acerca de ella. A nadie le apetece resolver una ecuación diferencial para calentar la cena. Pulsamos un botón y asunto concluido. El precio de esa comodidad es que el prodigio desaparece detrás de la carcasa.
Marte para entender la Tierra
Uno de los capítulos más sugerentes reúne al astrofísico Jon Marcaide y al geólogo planetario Jesús Martínez Frías. Aquí aparece una de esas paradojas deliciosas de la ciencia: a veces, para entender mejor la Tierra, hay que mirar fuera de ella.
Martínez Frías ha insistido en que estudiar Marte también sirve para comprender nuestro propio planeta. La comparación que utilizó durante la presentación tuvo además bastante gracia: el coste de determinadas investigaciones marcianas podía ponerse en perspectiva pensando en lo que cuestan unas pocas grandes estrellas del fútbol. La ocurrencia funciona porque retrata una contradicción muy nuestra: ciertas cifras destinadas a ciencia nos parecen enormes, mientras aceptamos otras semejantes con sorprendente naturalidad.
La investigación, además, tiene la puñetera costumbre de hacerse preguntas cuyo rendimiento no cabe fácilmente en una hoja de Excel ¿Cómo apareció la vida? ¿Qué había antes? ¿Estamos solos? ¿Cómo funciona el cerebro que precisamente está formulando esas preguntas No parece poca cosa.
Los científicos tampoco son marcianos
Otra de las virtudes de Asombrosa está en presentar a los investigadores como personas de carne y hueso. Puede parecer evidente, pero durante décadas hemos alimentado una imagen del científico situada entre Einstein sacando la lengua y el excéntrico de bata blanca dispuesto a hacer volar el laboratorio. La publicación intenta justamente lo contrario: mostrar de dónde vienen sus vocaciones, qué preguntas despertaron su curiosidad y qué caminos, a veces poco previsibles, acabaron conduciéndolos hasta la ciencia.
Manuel de León, uno de los coordinadores del proyecto, ha explicado que las largas entrevistas le permitieron conocer a sus propios compañeros de Academia no solo como investigadores de enorme prestigio, sino también como personas con dudas, entusiasmos y trayectorias vitales. Y eso importa, porque detrás de una ecuación hay alguien que dudó, detrás de un experimento alguien que se equivocó y detrás de un descubrimiento suelen existir años de trabajo paciente en los que aparentemente no ocurre nada digno de un titular.
Esa paciencia resulta casi contracultural en una época acostumbrada a exigir resultados inmediatos. La ciencia, en cambio, obliga a aceptar que algunas preguntas necesitan años y que otras quizá nunca tengan una respuesta definitiva. También exige una virtud que no abunda demasiado hoy: saber decir «no lo sé». Un buen científico puede dedicar media vida a un asunto y seguir reconociendo con precisión lo que ignora, mientras que en las redes sociales bastan unos minutos de lectura para adquirir certezas absolutas sobre casi cualquier cosa.
Y ahí reside buena parte de su fortaleza. La ciencia avanza porque distingue entre lo que sabe, lo que cree saber y lo que todavía no entiende. Los científicos, al fin y al cabo, tampoco son marcianos: son personas que han decidido seguir preguntando un poco más tiempo que los demás.
Lo extraordinario se ha convertido en paisaje
Quienes han impulsado Asombrosa han explicado que una de sus aspiraciones es despertar vocaciones científicas entre los jóvenes, y la intención tiene bastante sentido porque ahí aparece una paradoja interesante: quienes han nacido rodeados de pantallas, satélites, algoritmos, teléfonos inteligentes y máquinas capaces de conversar no han visto llegar el prodigio. Para ellos, sencillamente, ya estaba allí. No conocieron el tiempo anterior al GPS, a Internet o a la inteligencia artificial, del mismo modo que nosotros apenas pensamos en el milagro cotidiano de abrir un grifo y que salga agua potable. Quizá por eso haya que contarles no solo cómo funciona todo esto, sino también recordarles que alguien tuvo que imaginarlo primero, hacerse una pregunta, equivocarse muchas veces y dedicar años a encontrar una respuesta. La ciencia necesita conocimientos, naturalmente, pero antes necesita algo más elemental: personas capaces de seguir preguntando cuando los demás ya han dado el mundo por explicado.
Hasta donde hoy puede comprobarse, Asombrosa es una publicación monográfica y no una revista periódica, aunque sería una pena que no tuviera descendencia. El formato tiene recorrido porque la ciencia posee una ventaja formidable como materia editorial: nunca se termina. Siempre habrá nuevas preguntas, nuevas tecnologías, nuevas fronteras y nuevas maneras de observar lo que creíamos conocido. Quizá dentro de unos años nos parezcan normales cosas que hoy todavía nos impresionan, exactamente igual que ha ocurrido con tantas otras. Nuestros bisabuelos habrían considerado milagroso hablar instantáneamente con alguien situado al otro lado del planeta; nosotros nos enfadamos porque tarda en contestar por WhatsApp. Ahí está, probablemente, resumida buena parte del problema.
No vivimos en una época menos asombrosa, sino todo lo contrario. Probablemente ninguna generación anterior haya convivido diariamente con tantos resultados extraordinarios del conocimiento científico. Nos hemos acostumbrado a que una resonancia magnética mire dentro del cuerpo sin abrirlo, a que un telescopio observe galaxias nacidas hace miles de millones de años, a que un satélite nos diga dónde estamos con precisión casi absurda o a que una máquina encuentre patrones invisibles para nosotros. Lo extraordinario se ha convertido en paisaje y, cuando algo forma parte del paisaje, dejamos de mirarlo.
Quizá por eso una publicación como Asombrosa resulte oportuna. No porque vaya a convertirnos en físicos cuánticos durante una tarde ni porque después de leerla podamos discutir de neurociencia sin hacer el ridículo, sino porque nos obliga durante un rato a mirar otra vez. A recordar que detrás del botón que pulsamos hay conocimiento, que detrás del conocimiento hubo preguntas y que detrás de esas preguntas siempre apareció alguien que, ante algo que los demás consideraban perfectamente normal, tuvo la feliz ocurrencia de decir: «¿Y por qué?» Quizá todavía no esté todo perdido.



















