Inicio Sociedad Publicaciones El tesoro de Sierra Madre: el oro, Bogart y la vieja costumbre...

El tesoro de Sierra Madre: el oro, Bogart y la vieja costumbre de desconfiar del ser humano

Comienza el otoño y, con él, llegan también esas tardes que invitan a volver a los libros y a las buenas películas. Aprovecho para recomendar dos obras inmarchitables que, en realidad, cuentan una misma historia: El tesoro de Sierra Madre, de B. Traven, y la magnífica adaptación que John Huston llevó al cine con Humphrey Bogart. Una novela y una película sobre la codicia, el miedo y esa vieja costumbre humana de descubrir demasiado tarde qué precio tenía realmente aquello que tanto deseábamos.

0
521

Tengo en una de las estanterías de casa la edición de Acantilado de El tesoro de Sierra Madre, de B. Traven. No sé si la compré porque ya conocía la película o si fue al revés, porque estas cosas, cuando uno lleva suficientes años acumulando libros y películas, terminan mezclándose en una memoria doméstica donde cuesta separar qué llegó primero. Lo que sí sé es que, en otro rincón de la casa, en la videoteca, reposa también la magnífica adaptación que John Huston dirigió en 1948 con Humphrey Bogart, Walter Huston y Tim Holt. Y ambas, novela y película, llevan años acompañándose a distancia como esos viejos conocidos que no necesitan verse para saber que están ahí.

Volví hace poco a la novela y me encontré otra vez con una de esas historias que parecen sencillas hasta que dejan de serlo. Tres hombres sin fortuna se internan en México en busca de oro. Nada especialmente nuevo. La literatura está llena de caminos, minas, promesas de riqueza y hombres dispuestos a arriesgar el pellejo por la posibilidad de regresar a casa con los bolsillos llenos. El problema es que B. Traven no está demasiado interesado en contarnos cómo se encuentra un tesoro. Lo que realmente le interesa es averiguar qué ocurre después. Y ahí empieza lo bueno.

Fred C. Dobbs, Curtin y el viejo Howard no son héroes. Tampoco villanos. Son hombres corrientes, que es bastante peor desde el punto de vista literario porque permite al lector reconocerse sin demasiado esfuerzo. Tienen hambre, cansancio, miedo, ambición, esperanza. Están quebrados y buscan una salida. Creen que el oro puede resolverles la vida porque casi todos hemos creído alguna vez, de una manera u otra, que existe una cantidad de dinero a partir de la cual las preocupaciones empiezan a desaparecer.

Traven, que desconfiaba del dinero, del poder y probablemente de bastantes cosas más, sabía que esa esperanza podía ser una trampa formidable.

Mientras los tres hombres apenas tienen nada, la convivencia es posible. Pueden ayudarse, repartir esfuerzos, dormir relativamente tranquilos. Pero cuando aparece el oro, ese polvo amarillo que han arrancado a la montaña con sudor y paciencia, cada gramo empieza a pesar mucho más que su propio peso. Ya no es metal. Es futuro. Es seguridad. Es la posibilidad de no volver a pedir limosna, de no volver a trabajar para otro, de entrar en una taberna y pagar sin contar las monedas. En ese momento aparece la sospecha.

No llega de golpe. No hace falta. Las cosas importantes casi nunca llegan así. Primero es una duda pequeña, una mirada, una cuenta que quizá no cuadre del todo. Después uno empieza a preguntarse si el otro habrá escondido parte de su bolsa, si estará pensando en marcharse solo, si el reparto ha sido exactamente justo. Más tarde llega la certeza, porque la paranoia tiene esa curiosa habilidad para convertir cualquier gesto en una prueba. Ahí está Fred C. Dobbs. Y ahí está también Humphrey Bogart.

John Huston comprendió muy bien que toda aquella historia de minas, caminos mexicanos, bandidos y campamentos servía en realidad para contar el deterioro de un hombre. Y tuvo además la fortuna de disponer de Bogart, que en El tesoro de Sierra Madre hace algo bastante más interesante que interpretar al tipo duro que todos esperaban. Lo vemos romperse.

El público estaba acostumbrado a otro Bogart: al hombre que conoce el mundo, que fuma, mira de lado y sabe antes que nadie por dónde vendrá el disparo. El detective de El halcón maltés. El Rick Blaine de Casablanca. Ese personaje que puede estar derrotado, cansado o enamorado, pero rara vez pierde por completo el control. Fred C. Dobbs es otra cosa. Al principio todavía conserva algo de ese hombre reconocible: orgullo, desconfianza, cierta dureza aprendida a fuerza de golpes. Pero poco a poco el oro empieza a trabajar sobre él con más eficacia que cualquier enemigo. Dobbs ya no ve compañeros, sino amenazas. No escucha conversaciones, sino conspiraciones. No interpreta silencios, sino traiciones. Y Bogart lo hace de una manera extraordinaria porque nunca convierte la locura del personaje en una caricatura. Uno puede seguir el proceso, casi paso a paso, y eso es precisamente lo inquietante. Porque resulta fácil despreciar a un loco. Mucho más incómodo es comprenderlo.

Frente a él está Howard, el viejo buscador interpretado por Walter Huston. Ese personaje me gusta especialmente porque tiene algo que Dobbs no posee y que sólo suele adquirirse después de muchos errores: experiencia suficiente para tomarse en serio las cosas importantes y no tanto las demás.

Howard conoce el oro. Lo ha buscado antes, lo ha visto aparecer y también lo ha visto desaparecer. Sabe que la parte difícil no consiste en encontrarlo, sino en convivir con él. Sabe que un hombre puede pasar meses soñando con hacerse rico y descubrir, cuando por fin lo consigue, que la riqueza trae consigo una larga lista de preocupaciones que antes no existían. Walter Huston lo interpreta con una mezcla magnífica de sabiduría, humor y resignación. Parece estar observando una historia que ya conoce porque, en cierto modo, la ha vivido otras veces. Quizá por eso se ríe cuando otros se ponen solemnes. Los viejunos que hemos visto bastante mundo solemos desarrollar esa costumbre.

La novela tiene, además, una dimensión social que la película recoge sólo en parte. El México de Traven no es un decorado exótico colocado al fondo para que los personajes tengan montañas que atravesar. Está vivo. Hay pobreza, relaciones de poder, explotación, indígenas, comerciantes, trabajadores, campesinos. Todo eso forma parte de una visión del mundo profundamente crítica con la riqueza y con la facilidad con que los hombres aceptamos determinadas convenciones económicas como si fueran leyes naturales.

El oro, al fin y al cabo, no deja de ser una piedra. Una piedra especialmente brillante, de acuerdo, pero piedra. Somos nosotros quienes hemos decidido que vale una fortuna. La montaña no comparte esa opinión. Ni el viento. Ni el polvo. Ni los animales que pasan junto a él sin detenerse. El valor existe dentro de nuestra cabeza, y Traven juega maravillosamente con esa idea hasta el final.

No voy a destriparlo aquí, aunque a estas alturas la historia tenga casi un siglo y la película vaya camino de cumplir ochenta años. Pero sí diré que pocas veces la naturaleza ha dado una lección de economía con tanta elegancia.

Los hombres sufren por el oro, trabajan por él, desconfían por él, matan por él. Después llega la montaña y pone las cosas en su sitio. A veces pienso que ahí está toda la novela.

Nos pasamos la vida atribuyendo valor a objetos, cargos, cuentas bancarias, títulos, propiedades, acciones, monedas digitales o cualquier otra cosa que el tiempo termine convirtiendo en polvo. Levantamos sobre ello identidades enteras. Medimos el éxito, el fracaso, la respetabilidad y hasta la felicidad. Y luego llega una enfermedad, una guerra, una ruina, una herencia mal repartida o simplemente el paso de los años, y descubrimos que muchas de aquellas certezas tenían la consistencia exacta del humo.

Eso es lo que hace grande a El tesoro de Sierra Madre. Uno puede leerla como una magnífica novela de aventuras y no equivocarse. Hay viajes, minas, hombres armados, bandidos, fatiga, paisajes y peligro. Pero debajo late otra historia bastante menos tranquilizadora. La de un hombre que consigue aquello que deseaba.

Siempre me han interesado esas historias, porque buena parte de la literatura se ocupa de personajes que quieren algo y luchan por conseguirlo. Dinero, poder, amor, prestigio, venganza. El relato suele terminar cuando alcanzan la meta o cuando fracasan. Traven hace algo más interesante. Deja que Dobbs gane. Y entonces mira qué sucede.

Por eso, cuando cierro el libro y vuelvo a pensar en la película de Huston, no las siento como dos obras separadas. La novela explica muchas cosas que el cine no puede detenerse a contar. La película, en cambio, pone rostro a la degradación moral de Dobbs y nos regala a un Bogart formidable, quizá uno de los mejores de su carrera precisamente porque aquí no interpreta al hombre que domina la situación, sino al hombre al que la situación termina devorando.

Libro y película se iluminan mutuamente. Por eso ambos siguen en casa. La edición de Acantilado en la estantería. La película de Bogart en la videoteca. Y entre las dos, una vieja historia que conviene revisitar de vez en cuando, sobre todo en épocas en las que parece que todo el mundo tiene muy claro cuánto vale cada cosa y bastante menos claro cuánto vale cada persona.

Tres hombres subieron a una montaña buscando oro. Lo encontraron. Y ése fue exactamente el problema.

Porque tal vez el verdadero tesoro de Sierra Madre no fuera el que ellos consiguieron arrancar de la tierra, sino aquello que la montaña logró arrancar de ellos. Y eso, me temo, sigue siendo una historia perfectamente contemporánea.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorIA360: España quiere conquistar la inteligencia artificial en doce meses. Otra vez
Artículo siguienteDigital News Report 2026: el día en que los nuevos medios adelantaron a los viejos
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Política de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.